“A pesar de su sucesión histórica de colosales fracasos, la izquierda radical se llama a sí misma “progresista” y se le otorga dispensa de toda culpa”.
(Fundación Civismo)
Los tiempos son propicios para recordarle a la Humanidad —y sobre todo a las nuevas generaciones que la integran— algunos acontecimientos que no solo han ocasionado la muerte y desgracia de millones de seres humanos, sino que además han sido causal de desintegración familiar, pérdida de valores, de libertad y de respeto por las leyes que rigen la adecuada interacción de la vida en sociedad.
Quienes no hayan experimentado en carne propia dichas situaciones, sufridas en nuestro continente por naciones como Cuba, Venezuela o Nicaragua, realmente no deberían pronunciarse tan a la ligera en contra de aquellos gobiernos o personalidades que, desde sus trincheras políticas, están tratando de contribuir a que varios pueblos —como los mencionados— recobren su dignidad, derechos y prosperidad.
Mala prensa, burócratas de caviar, organismos internacionales que han perdido el norte, libertinos e inescrupulosos, se han dedicado a criticar, empañar y tergiversar importantes esfuerzos encaminados a tenderle a países sojuzgados por tiranías de extrema izquierda una mano amiga para que puedan salir de las penurias, cárceles y rincones oscuros donde se les ha relegado.
Por ello, hoy deseo traer a colación algunas reflexiones publicadas por la Fundación Civismo, entidad asentada en Madrid, España, donde, sin tapujos, se refresca la memoria y se exponen verdades que no pueden ni deben ignorarse.
“En la larga historia de la Humanidad no ha existido ideología más tiránica ni más criminal que el comunismo, que encarceló a mil millones de personas en sus propios países y asesinó a más de 100 millones de seres humanos, cinco veces más que el horror del genocida Hitler y su nacionalsocialismo (Rummel, 1987; Courtois et al., 1997)”.
“En términos absolutos, la mayor parte de los asesinatos del comunismo fueron cometidos por Lenin y Stalin en la Unión Soviética y Mao en China. En términos relativos, la mayor atrocidad comunista corresponde a los Jemeres Rojos en Camboya, quienes ejecutaron a la cuarta parte de la población de su país (dos millones de personas)”.
“De hecho, tras un siglo de experimentos comunistas en docenas de países de cuatro continentes, no encontramos un solo ejemplo, ni uno, en que el comunismo no haya sido sinónimo de represión, tortura, corrupción, destrucción de la libertad y muerte; pobreza para el pueblo y lujo para sus dirigentes. Tanto es así que los estados comunistas tuvieron que levantar muros y alambradas en las fronteras, no para evitar que entraran los de fuera, sino para evitar que salieran los de dentro, deseosos de huir del infierno comunista”.
Si a ello le sumamos, en nuestro siglo, el hecho de que desde esos estados tiránicos se promueve y desarrolla el deleznable negocio del narcotráfico, tenemos un panorama completo de los estragos que le han causado a sus propias naciones y al mundo.
De ello, el ejemplo más notorio en estos días es el del “comunismo de corte bolivariano”, apoyado por la vieja dictadura comunista de Cuba y cuyo mayor exponente ha sido la Venezuela de Chávez y Maduro, tiranía que en poco más de veinte años ha destruido por completo un país rico, propietario de las mayores reservas de petróleo del planeta, llevando al exilio al 15 % de su población y provocando el mismo resultado de siempre: represión, tortura, enorme corrupción, destrucción de la libertad y muerte; hambre y miseria para el pueblo y lujo para sus dirigentes.
En muchos países de América Latina, numerosos políticos y ciudadanos extienden su mano para recibir dádivas y propiciar la presencia de los estadounidenses que vienen con dólares para invertir en negocios que generan miles de empleos en turismo y servicios de transnacionales, que otorgan recursos para proyectos locales de vivienda, salud, educación, combate al tráfico de drogas, etc. Pero muchos otros —azuzados por la izquierda extrema, resentida y soberbia— se vuelven en contra del gobierno legítimo de los Estados Unidos por acciones urgentes, como lo ha sido capturar al capo mayor de Venezuela y presentarlo ante la justicia.
¡Qué cosa! Ojalá hubiese sucedido algo semejante en Cuba en 1961, cuando —sin la ayuda prometida— cayeron en Bahía de Cochinos cientos de jóvenes que intentaron repeler la debacle moral y económica que Fidel ya estaba echando a andar en la isla. No estaríamos sumando ya 65 años de la más absoluta desolación.
Pero nunca es tarde cuando la dicha es buena: la ventana de luz se ha abierto: ¡libertad para Venezuela, Cuba y Nicaragua! Gratitud para el gobierno de los Estados Unidos.
Adriana Núñez, periodista





































