Iván Barrantes
Consultor/Analista
Hace unos días, fui invitado a una entrevista en un famoso programa de TV. El tema versaba sobre la posibilidad de que, la próxima elección 2026, pudiera ser la más violenta de la historia del país. Posiblemente así sea, pero ese no es el fondo del asunto, ya que, en esencia, es algo más complejo y que puede ser de consecuencias insospechadas. Simplemente será un enfrentamiento de visiones del mundo distintas, una que apunta a defender la posición actual, y otra, que aspira a un literal “tierra arrasada”, buscando una especie de refundación del orden actual, lo que el oficialismo ha llamado, sin tapujos, la construcción de la Tercera República y el nuevo contrato social.
Si ya, per se, una campaña electoral es intensa, agresiva, un total escenario de guerra, ni se diga lo que será un enfrentamiento motivado por la lógica de buscar un desplazamiento de élites y reconfigurar y transformar el orden actual, a imagen y semejanza de los que aspiran a ser los nuevos inquilinos del poder, porque hoy son gobierno, pero no son la élite dominante, por eso, todos los advenedizos, oportunistas, resentidos, piratas, soñadores de opio y otros especímenes, tienen su domicilio ahí, en esa fuerza política emergente. El asunto puede escalar a niveles insospechados.
La búsqueda del poder siempre ha sido la gran motivación en la consecución del triunfo político. Por eso la política es un asunto de egos. Sin poder, no hay capacidad de transformación, esa que permite lograr las soluciones que el ciudadano “de a pie” espera de los políticos de turno. Por eso, aunque los que estemos en política, seamos basureados, ninguneados, atacados, difamados, vilipendiados, madreados y todos los “ados” imaginables, en el fondo, somos un mal necesario y el ciudadano lo sabe. No existe capacidad de transformación sin ese poder político, ya que, sin el mismo en la mano, sea en forma directa (en un gobierno) o en forma indirecta (incidiendo en las decisiones, sin la necesidad de ser formalmente gobierno), no es posible lograr dichas transformaciones, el famoso cambio del que tanto se habla, pero que, en esencia, nadie sabe qué es. Podríamos decir que es una total y completa relación tóxica, al mejor estilo de la frase freudiana “porque te quiero, te aporreo”. Siempre fue así, es así y seguirá siendo así.
Por eso, las campañas políticas, en tiempos de elección, son una guerra sin cuartel. Por más que algunos quieran ponerle curitas al asunto, la lógica de competencia y de la eliminación de los enemigos, será la lógica que se imponga. Por eso es medio “naive” pensar y usar frases como “adecentar la política”, “la nueva política vs la política tradicional”, “yo no soy político, solo quiero lo mejor para el país”, “cinismo en la política”, “hay que buscar la renovación, caras nuevas”, etc., etc., etc. Es como si fuéramos a jugar un partido de fútbol por la disputa del campeonato y pretendamos ganar, pero sin patadas, codazos, escupitajos y hasta un poquito de trampa, todo al calor del juego, de la competencia, de la adrenalina, del afrodisíaco del poder. Una total utopía y casi que hasta fantasía romántica pensar que podamos “adecentar” la confrontación, sin que eso signifique que no exista una real lucha de ideas.
Entonces, si ya el asunto era complejo y de enfrentamiento, de competencia, un total y completo escenario de guerra, en el contexto actual, escalará exponencialmente. Porque, si normalmente, había cierto grado de agresividad y de instinto “killer” para lograr el triunfo, no solo de parte de los jugadores directos, llámense los partidos políticos y los candidatos, sino también de los socios en cuestión de cada quien, tales como empresarios, medios, intelectuales, la academia, los movimientos sociales, los líderes de opinión, toda la clase política, la Iglesia, otros movimientos religiosos y hasta la embajada USA, llegando a los más beligerantes y que no le temen a la pelea cuerpo a cuerpo como lo son las respectivas barras de la gradería de sol de cada partido/candidato competidor, en esta elección 2026, hay algo mucho más fuerte y ambicioso en juego que acceder al poder (el botín más preciado). Está en juego la posibilidad de reconfigurar el tablero de ajedrez, el nuevo mapa del poder, lo que llamamos “el power map”. En ese enfrentamiento, unos lucharán para no permitir que el oficialismo tenga esa posibilidad y el oficialismo luchará para ganar contundentemente y tener así el capital político y la capacidad formal de cambiar radicalmente las reglas del juego.
Por eso no esperemos palmaditas en la espalda y sonrisas de comercial de margarina, familia perfectita en el sofá de la sala de la casa, ojalá con chimenea, esas de mi cliché: el papá, con pantalón caqui, camisa celeste sin corbata y saco azul de botones dorados, ella, vestido de temporada para la abnegada esposa y las guilas, casi que modelos de Carter’s. Si hay adolescentes, todo hecho para despistar que le entran duro al guaro en La Cali, los más aventados, a la mecha.
Será una batalla campal, donde la nueva fuerza política, generada alrededor del macho alfa, Rodrigo Chaves, el presidente, hordas dispuestas a destruir los muros para hacer el saqueo, irán con todo. Sí, con todo, porque tienen una causa, da lo mismo si es buena o mala, pero causa al fin. La historia es implacable y está demostrado que, cuando hay una causa, hay una épica, como Las Cruzadas, en su causa de recuperar Tierra Santa, o los españoles en la conquista de América y ni se diga los mogoles al mando de Gengis Khan. Cuando hay una causa, hasta lo irracional es posible. Sí, la épica que vemos en esas grandes producciones tipo Sr. de los Anillos, Game of Thrones, Corazón Valiente y otros, esa es la gran energía en el chavismo. Da lo mismo si hay programa, ideas, líderes, neuronas. Simplemente hay energía, lo suficientemente destructiva para buscar la refundación de una de las democracias más sólidas del mundo. Sí, Costa Rica.
¿Y la oposición? Pues tendrá que construir su causa, y no es ni más ni otra que el antichavismo. Así como se ha generado la energía suficiente alrededor del chavismo y su causa, la antítesis tiene que ser el antichavismo. La dialéctica es implacable, toda tesis tiene su antítesis, de ahí surgirá la síntesis. No hay opción para la oposición.
La lógica diría que, ante ese escenario, la unión de fuerzas para derrotar al enemigo era el camino más lógico y efectivo. Pero la política es un asunto de egos, y si le sumamos a esa egolatría un grave error de diagnóstico, producto de la miopía en el análisis, más producto del juicio de valor que de la objetividad de los números (la ciencia sagrada), estamos en el peor de los mundos, algo así como tener tos con diarrea, todos sabemos el posible resultado. No hubo ni coaliciones, ni pactos, ni alianzas, todos por su cuenta, lo cual generará la dispersión electoral más grande de nuestra historia electoral y donde posiblemente, ocho partidos concentren más del 90 % de los votos, siendo que, en 1994, dos partidos concentraron el 91 % de los votos y en esta última elección, seis partidos concentraron el 92 % de los votos (los seis que actualmente tienen representación legislativa). Este 2026, serán ocho partidos, da lo mismo cuántos participen, los que tendrán la concentración arriba del 90 %. Por eso, si en el 2022, Chaves logró pasar a segunda vuelta con 350 mil votos, esa cifra, para el 2026, andará en el rango 250-320 mil votos. No es tan difícil.
El chavismo en esencia es débil, su propia energía es su peor enemigo, por eso la urgencia de hacer el contrapeso y entender que con una calculadora en la mano (yo veo iPad Pro de 13’), no se llegará a ningún lado. Por eso el escenario de guerra es inevitable y estaremos en presencia de una batalla sin cuartel y donde, en la oposición, solo los que entiendan que el negocio es el ataque y no el cálculo, podrán salir adelante y tener la posibilidad de jugarse el boleto a la segunda vuelta, dado que la barrera de entrada (la masa crítica de votos) ha caído a su mínimo histórico.
Por el momento, no hay una manifestación de carne y hueso en el chavismo que capte la energía construida alrededor del presidente. Hay que recordar que la energía, lo que mal llaman popularidad, no es un activo traspasable, esa energía tiene que encontrar el depositario correcto, como en la mitología, no cualquier mortal es digno del fuego. Ese es el gran reto del chavismo, por eso hoy, el 100 % de la energía del presidente, si acaso, termina en un 20 % en su potencial candidata.
Pero en la oposición tienen el mismo problema. No hay un depositario correcto de la energía antichavista que se ha formado como contraposición a la energía chavista (la antítesis). El ambiente y las conversaciones de cantina no mienten, el presidente cada día construye más enemigos, no porque tengamos algo en contra de él como persona, sino que, en esencia, no matriculamos con su proyecto, con su visión del mundo. En un gran grueso de la población, se mira con sospecha ese objetivo de refundar el país, de destruir para construir, de eliminar a la casta, la red de cuido, como si el objetivo del chavismo no fuera instalar sustitutos para esa casta, para esa red de cuido, todo bajo la manoseada frase “El pueblo”. Muchos, cada vez más, no quieren pelearse con la historia, porque quiéranlo o no, este país es un caso de éxito, de capa caída, pero solucionable, donde hay que hacer el “reset”, que no es lo mismo que destruir, hacer tierra arrasada, pasar la guillotina robespierriana. Quien logre esa materialización, el depositario idóneo para esa antítesis chavista, será el mensajero correcto, y sobre el cual se cerrarán filas (gente y plata). Por el momento, no existe esa manifestación de carne y hueso. Cuando esos dos gladiadores estén en escena, ahí empezará la guerra.
Bienvenidos a Los Juegos del Hambre.





































