Golla Zuluaga
Administradora de empresas con especialización en periodismo
Me sigue sorprendiendo el pánico que nos genera a los humanos enfrentarnos a los cambios. Parece que nos compramos como sentencia eso de que “mejor malo conocido que bueno por conocer” y preferimos quedarnos en la incomodidad que nos resulta familiar a dar un salto al vacío a ver si, a lo mejor, caemos en un mejor lugar.
En mi experiencia acompañando a personas que quieren hacer algún cambio significativo en sus vidas o que ya están viviendo ese proceso, encuentro al miedo como el factor común de la parálisis.
¿Y si sale mal? ¿Y si no resulta? ¿Y si luego me arrepiento? son algunas de las preguntas que aparecen y que de inmediato conducen a destruir o aplazar cualquier sueño, plan de vida o ilusión.
Y es que claro, nuestro sistema operativo está configurado para llenarnos de miedos. La estructura del cerebro humano sigue siendo la misma de nuestros antepasados cavernícolas y los mecanismos para hacernos advertencias con el objetivo de mantenernos a salvo no se han actualizado, por mucho que haya cambiado el mundo en que vivimos.
De manera que, si queremos movernos libremente por la vida actual, vamos a tener que entrenar deliberadamente a nuestra mente para que pueda ver más oportunidades y posibilidades, que riesgos y peligros. Es como si tuviéramos que hacernos cargo de un hackeo a nuestro sistema operativo, para que no se vaya en automático a pensar en todo lo que puede salir mal, sino que tome caminos nuevos y pueda imaginarse que hay regalos y cosas maravillosas en lo desconocido.
Sólo si logramos convencer a nuestro cerebro más primitivo de que ya no vivimos en una cueva, que afuera ya no nos espera el tigre hambriento, que tenemos la comida siempre a mano y que si, por alguna razón, la manada nos dejara solos, no moriríamos, vamos a lograr ser amigos del cambio, que es lo único que está asegurado en nuestra existencia. Bien lo dice mi amado Jorge Drexler: “si quieres que algo muera, déjalo quieto”.
En el mundo actual, en el que la expectativa de vida está alrededor de los 70-75 años (en el promedio global), está asegurado que vamos a transitar cambios. Ah, pero resulta que si es la vida la que nos pone contra las cuerdas y nos “obliga” a cambiar, pues nos ponemos manos a la obra y a enfrentar lo que viene, como viene. Pero si somos nosotros los que tenemos que hacernos cargo de la decisión… ¡uy! ahí aparecen todos los demonios: no puedo, no soy capaz, no estoy preparada(o), mejor cuando pase x o y, etcétera.
Lo cierto es que, ahora que tenemos la oportunidad de vivir vidas tan largas, también tenemos firmado el permiso divino de construir muchas versiones de quienes somos, de reinventarnos tantas veces como nos antoje, de escribir nuevas historias cuando queramos y, especialmente, de no quedarnos en circunstancias incómodas o donde no podamos brillar.
Y para eso, tenemos que convencer a la mente de que no todo lo desconocido es malo o peligroso. Por el contrario, que es en lo incierto y lo nuevo donde viven las oportunidades que hasta ahora no se nos han revelado.





































