Tras la designación de María Corina Machado Parisca como Premio Nobel de Paz 2025, en nuestra querida Costa Rica no se han hecho esperar ciertas “voces del odio”, personas provenientes de lo que algunos califican como la “intelectualidad costarricense”, que han salido a desprestigiar la lucha que la valiente líder venezolana ha mantenido por mucho más de una década, para que su país pueda recuperar la democracia.
Entre aquellos que objetan la escogencia destacan promotores de la izquierda radical; burócratas y “burgueses de caviar”, como diría una buena amiga, quienes, entroncados con ONG y poderosos organismos internacionales, se pasan la vida viajando, disfrutando de becas, pasantías y reuniones interminables, en las que —con la lengua— le dan vueltas a la noria una y mil veces para justificar su presencia, mientras halagan el paladar y brindan con buen vino por un futuro “más próspero”.
Lo cierto es que, aunque en las últimas décadas en varias ocasiones los premios Nobel —especialmente los de Paz y Literatura— se han entregado en virtud de la raza, afinidad ideológica y otras características personales, en esta oportunidad la escogencia ha sido justa, pues han seleccionado a una mujer líder, valiente, hondamente patriota, inteligente, comprometida con la democracia y con la defensa pacífica, pero aguerrida y constante, de un pueblo que ha sido vulnerado en sus derechos más elementales.
Tuve el placer de conocer a María Corina hace más de una década, cuando visitó Costa Rica en busca de apoyo, tras recibir golpes físicos y graves amenazas en la sede del Congreso venezolano. Fue al inicio de la primera administración política del PAC. Ningún diputado se interesó en atenderla y escucharla, a excepción del presidente legislativo —ya de salida— Luis Fernando Mendoza, del PLN, quien le dedicó unos minutos y ofreció llevar su mensaje al resto del plenario. Pero nada ocurrió; ni siquiera una declaración a favor de su causa.
Por eso, a pesar de que en los últimos tres años he criticado abierta y duramente muchas de las actuaciones de Rodrigo Chaves y de su gabinete, he de aceptar que, al menos, su canciller tuvo la hidalguía de ofrecerle a María Corina —quien permanece en la clandestinidad— y a Edmundo González, presidente electo de Venezuela, asilo político, oferta que ambos declinaron, no sin antes agradecerle a Costa Rica el gesto.
Hoy, como mujer latinoamericana, creyente, amante de la familia y la democracia, no puedo menos que sentirme feliz por la escogencia de María Corina Machado como Nobel de Paz. Ella representa los valores más preciados para innumerables pueblos que, por una u otra razón, han sido y continúan vapuleados por dictaduras, sangrientas tiranías comunistas, guerras interminables, narcotráfico y corrupción de cuello blanco.
A los que han tratado de denigrarla, les conmino a dejar de lado sus “laptops” y “chácharas” sociales y a recorrer, en bus o a pie, la realidad de los pueblos engañados por promesas falsas, oprimidos por la falta de libertades, desangrados por conflictos bélicos o simplemente por la más absoluta inequidad, condiciones que a miles de “intelectualoides” y burócratas les han dado tema para manosear el teclado desde la seguridad de sus cubículos y para cobrar asesorías en dólares sin recibir siquiera un arañazo.
Adriana Núñez Artiles
artilesadri@gmail.com
Periodista, expresidenta del Colegio de Periodistas de Costa Rica.





































