Por Kleiber Rojas Varela
Abogado, administrador e ingeniero, con más de dos décadas en la Seguridad Social.
Kleiber.rojas@emba2016.incae.edu
¿Qué pasaría si la salud de los trabajadores dejara de ser un costo y se convirtiera en un activo estratégico para empresas y sociedad? La calidad de vida ha evolucionado de ser un concepto centrado únicamente en el bienestar individual hacia una noción integral que reconoce a la salud como un resultado de múltiples determinantes sociales, económicos y laborales. Este cambio conceptual ha sido guiado por décadas de conferencias internacionales sobre promoción de la salud, impulsadas por la Organización Mundial de la Salud.
La Carta de Ottawa, de 1986, definió la promoción de la salud como un proceso que empodera a personas y comunidades, estableciendo la necesidad de políticas públicas saludables, entornos favorables y servicios orientados a la prevención. Dos años después, la Declaración de Adelaida reforzó que todas las decisiones gubernamentales y sectoriales deben favorecer la equidad y el bienestar, trascendiendo el ámbito exclusivo de la salud. En 1991, la Declaración de Sundsvall resaltó la importancia de los ambientes físicos y sociales, incluyendo el lugar de trabajo, como determinantes centrales de la salud. Las conferencias posteriores en Yakarta, Ciudad de México, Bangkok, Nairobi, Helsinki, Shanghái y Ginebra consolidaron esta visión, enfatizando la intersectorialidad, la equidad, la sostenibilidad y la salud como un bien público global.
Este recorrido permite comprender que la calidad de vida no es solo un asunto individual. En un mundo donde gran parte del tiempo de una persona se desarrolla en entornos laborales, la responsabilidad sobre el bienestar se vuelve compartida. La familia sigue siendo un soporte fundamental, ofreciendo cuidado y acompañamiento, mientras que la sociedad establece condiciones de equidad y acceso a servicios. En este marco, la empresa emerge como un actor estratégico que debe asumir la promoción de la salud como parte central de su responsabilidad social. Integrar programas de bienestar, promover entornos laborales seguros y saludables, y fomentar la educación en hábitos de vida saludables se convierte en una obligación ética y estratégica para cualquier organización que aspire a sostener la productividad y el compromiso de su personal.
La responsabilidad compartida entre individuo y empresa genera beneficios tangibles y multiplicadores. En lo económico, mejorar la salud y el bienestar de las personas trabajadoras incrementa la productividad, reduce el ausentismo y fortalece la competitividad de la organización. En lo social, se construye cohesión, equidad y un sentido de corresponsabilidad, generando entornos de trabajo más humanos y sociedades más estables. La planificación y prevención en salud laboral también contribuye a la sostenibilidad de los sistemas de salud, concebidos como bienes públicos que requieren corresponsabilidad entre ciudadanos, instituciones y sector privado. Garantizar la calidad de vida en el ámbito laboral no es solo una acción de bienestar, sino una estrategia integral que protege la salud colectiva y fortalece la resiliencia social y económica del país.
Adoptar la calidad de vida como responsabilidad compartida implica un cambio cultural profundo. La promoción de la salud deja de ser un complemento opcional y se convierte en un pilar estratégico de la gestión empresarial y social. Cuando la persona trabajadora, su familia, la organización y la sociedad actúan en conjunto, se crea un círculo virtuoso donde la salud y el bienestar no solo se protegen, sino que se potencian como recursos fundamentales para el desarrollo sostenible, la competitividad económica y la cohesión social. En este sentido, la calidad de vida deja de ser un objetivo individual y se transforma en un bien compartido, estratégico y transformador para todo el país.
Y si vamos un paso más allá, podemos conectar la responsabilidad social empresarial, incentivos económicos y salud pública. ¿Qué tal si empoderamos a las empresas para que se conviertan en protagonistas activos de la promoción de la salud, estableciendo programas integrales de bienestar para sus colaboradores? Imaginemos un modelo en el que aquellas organizaciones que logren impactar los indicadores de salud de sus trabajadores reciban bonificaciones en sus aportes a la seguridad social, reconociendo su contribución tangible al bienestar colectivo. Esta iniciativa no solo incentivaría prácticas responsables y sostenibles, sino que también transformaría la salud laboral en un motor de productividad, competitividad y cohesión social, consolidando la idea de que la calidad de vida es un bien compartido que se construye entre individuos, empresas y sociedad.
La experiencia de la certificación “Healthy Enterprise” en Quebec ofrece un modelo inspirador. Demuestra que es posible integrar la promoción de la salud de manera estructurada en las empresas, evaluando resultados, fomentando la participación activa de los colaboradores y asegurando un compromiso sostenido de la alta dirección. Adaptar un esquema similar en Costa Rica podría reconocer y premiar a las organizaciones que logren mejorar los indicadores de salud de sus trabajadores, consolidando la calidad de vida como un objetivo compartido entre individuos, empresas y sociedad. Esta iniciativa no solo incentivaría prácticas responsables y sostenibles, sino que también transformaría la salud laboral en un motor estratégico de productividad, cohesión social y sostenibilidad de nuestros sistemas de salud, colocando a la calidad de vida en el corazón de la acción empresarial.
Todos pensamos en fortalecer la CCSS, todos queremos reducir las filas de espera en cirugía, todos nos indignamos ante los salacuartazos que limitan el acceso a medicamentos vitales. Pero, ¿y si actuamos en la raíz del problema? ¿Y si, antes de la enfermedad, liberamos el potencial de los estilos de vida saludables, de la calidad de vida y del bienestar integral de las personas? La verdadera transformación comienza cuando invertimos en la salud antes de que sea una urgencia, convirtiendo la prevención y la promoción del bienestar en un pilar estratégico de nuestra sociedad.
Transformar la CCSS no comienza únicamente dentro de los hospitales. El verdadero cambio inicia en la familia, la comunidad y la empresa, donde se construyen hábitos de vida saludables, se fomenta la educación en bienestar y se promueve la corresponsabilidad social. Mientras la mirada siga concentrada solo entre las paredes de un hospital, la oportunidad de esta generación de fortalecer el modelo del Seguro Social se esfumará. Solo al actuar de manera integral, conectando prevención, promoción de la salud y corresponsabilidad entre todos los actores, podremos convertir la calidad de vida en un pilar sostenible, estratégico y compartido para todo el país.





































