Marco Arroyo Flores
Viceministro MEIC
En su más reciente informe, el Ministerio de Economía, Industria y Comercio (MEIC), presentó un panorama actualizado sobre la situación del mercado de tarjetas de crédito en el país, entre otros datos que permiten distintas posibilidades de análisis (https://www.meic.go.cr/transparencia/analisis-economico-y-comercial/estudios-del-sistema-financiero/tarjetas-de-credito-y-debito/.)
Con información al 30 de junio de 2025, se contabilizan 3.010.639 tarjetas en circulación (2.195.839 titulares y 814.800 adicionales), lo que representó un incremento de 295.606 con respecto al semestre anterior. El saldo total de deuda ascendió a ₡1,61 billones, equivalentes aproximadamente a 3,02 mil millones de dólares (USD).
Es cierto que los proveedores de servicios financieros buscan atraer a los consumidores mediante estrategias comerciales que incentivan la colocación y el uso de este valioso medio de pago. Promociones, beneficios exclusivos, cash back, millas para viajes, el pago a tasa cero o tarjetas asociadas a establecimientos específicos con descuentos, forman parte de una competencia constante por captar nuevos usuarios o incrementar el uso de quienes ya las tienen, incluyendo su círculo cercano.
Sin embargo, a pesar de las posibilidades de compra que ofrece este tipo de medio pago, cuando su uso excede la capacidad real de pago de sus titulares, las tarjetas se transforman en un instrumento de endeudamiento que termina afectando la estabilidad financiera y emocional de muchas personas. El atraso en los pagos o abonos menores a lo adeudado puede convertirse en una espiral creciente de deuda, -tanto de la deuda principal como de los intereses que deben agregarse-, que genera un círculo de tensión y pérdida de tranquilidad.
Esta realidad del endeudamiento puede agravarse con fenómenos de consumo estacional como el Viernes Negro, cuando los comercios físicos y en línea impulsan agresivamente las compras mediante descuentos y promociones, lo que estimula el uso de las tarjetas de crédito, las cuales si se usan de forma desmedida y sin reparar en los recursos disponibles para pagar las deudas adquiridas, aumentan el riesgo de que numerosos consumidores sobrepasen su capacidad de pago, comprometiendo su bienestar financiero.
Por otro lado, es natural que la actividad comercial busque crecer e incentivar el consumo. En eso consiste su negocio: ofrecer productos y servicios para que alguien los adquiera.
Nada de malo hay en ello. En ese sentido, la Cámara de Comercio de Costa Rica (CCCR), anunció que las ventas proyectadas para los meses de noviembre y diciembre de este año aumentarán alrededor de un 5% respecto al mismo periodo del año anterior. Este crecimiento refleja la importancia del consumo para la economía, para las empresas y para la generación de empleo, especialmente en épocas de alta demanda.
Llegando a este punto surge una pregunta fundamental: ¿cómo lograr que la interrelación de estos elementos—tarjetas de crédito, endeudamiento, campañas y actividad comercial—, contribuyan al bienestar de los consumidores y no a su detrimento?
La respuesta, radica sin duda, en la educación financiera, definida por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), como el proceso mediante el cual las personas adquieren los conocimientos, habilidades, actitudes y comportamientos necesarios para tomar decisiones financieras informadas, evaluar riesgos y oportunidades, y así lograr el bienestar financiero.
Por ello, es indispensable que los consumidores comprendan el uso adecuado de los medios de pago, conozcan sus límites de endeudamiento y aprendan a distinguir entre necesidad y deseo. Asimismo, deben entender que, si bien la actividad comercial necesita generar ingresos y aprovechar fechas especiales para estimular las compras, el consumo debe realizarse de manera consciente y responsable.
De ahí la importancia de insistir, una y otra vez, en el uso responsable de las tarjetas de crédito. Cuando se gestionan con criterio y disciplina, pueden ser herramientas útiles y seguras; pero, si se utilizan sin control, pueden convertirse en una fuente de estrés y dificultades económicas que terminan por afectar la calidad de vida de las personas y aumentar los niveles de endeudamiento de la población.
A este proceso de educación están llamados a participar todas las instituciones, públicas y privadas, con incidencia en el manejo de las finanzas personales y familiares.





































