Magíster Luis Fernando Calvo
Director Instituto Tomás Moro
lf@tomasmoro.org
Hace unos días escuché en un medio televisivo nacional que, – finalmente se dice en medios de difusión masiva- el cáncer podría tener relación causal con estilos de vida perjudiciales. Para mi sorpresa, no se mencionó por un momento el factor hereditario, que suele resonar en tantos espacios cuando del temido cáncer se habla. No soy médico y no pretendo hablar desde los últimos avances de la medicina, pero soy persona y puedo, contrario a lo que piensan los nominalistas, pensar la humanidad y saber que algo anda mal en la humanidad.
Para seguir con el cuento, en tal reportaje se hacía ver que existe una correlación significativa entre el fenómeno de la inflamación y el cáncer. ¿Inflamación? ¿No es la inflamación una respuesta corporal contra lo que detecta e identifica como amenaza? ¿Acaso no están inflamados nuestros cuerpos de tantas cosas perjudiciales que le metemos al sistema, tales como azúcares en exceso, productos ultra-refinados, carbohidratos a granel, agroquímicos para la producción masiva de los mercados globales? Estas son cuestiones que merecen ser consideradas.
Pero el fenómeno de la inflamación, que podría explicar (al menos en cierto grado) el cáncer no finaliza en el cuerpo. ¿No será que además de inflamado el cuerpo tenemos inflamada el alma? Pero no de amor, pues tal inflamación la engrandece. No, pienso que el alma también sufre de inflamación, pero de la mala. ¿No estará nuestra alma mal inflamada de consumo y de competencia? ¿No estará nuestra alma inflamada por la constante lejanía con la tierra, sea por la suela plástica de nuestros zapatos o por haber trasladado nuestras moradas a los aires, en medio del brutalismo cementicio? ¿No estará nuestra alma inflamada, pero de cansancio, por competir con el vecino por el auto más nuevo o más grande? ¿Acaso no se inflama nuestra alma cuando inflamamos, con tal de ocultar nuestra edad, el cuerpo de bótox o silicona pectoral? ¿No estará inflamada nuestra alma de la idolatría de las marcas, de las grandes corporaciones, del “shopping” desmedido, vivido como fin y no como medio? ¿Cómo no vamos a tener cáncer en el cuerpo si hace años hizo metástasis en el alma? Es que, así como pasan los agroquímicos por el cuerpo, pasa la pornografía por el alma. ¿A quién se le ocurriría pensar que la mercantilización de la sexualidad no sería correa para el propio pescuezo? Sin lugar a dudas, el cuerpo -y el alma también- nos piden un respiro, un descanso, un suave refrigerio en medio de la refriega de compulsividad de nuestro tiempo. Cavamos en dirección contraria y seguimos pensando que la solución pasa por obtener más fuerza excavadora.
Debemos (perdón por el mensaje moralizante) hacer las del hijo pródigo: jugarnos el chance de abandonar la porqueriza donde nos saciamos con las bellotas de los cerdos para ir por el cerdo mismo, esto es: cambiar de rumbo. No es necesario hacer mucho, es cuestión de empezar por agrandar el alma y dismninuir el cuerpo. Inflamar el alma de bondad mientras desinflamos el cuerpo de los excesos de nuestro tiempo. ¿Cómo? Dándole al cuerpo menos de lo que pide, conformarnos con consumir lo que está a nuestro alcance, apreciar las artes, la tierra o la poesía, aprender un nuevo idioma como el latín, el griego o el ruso, es decir, sin carácter utilitario inmediato, visitar al vecino, tardear un poco y aprenderse su nombre, comprarle al pequeño comerciante y abandonar, con calma y paciencia, los grandes burdeles del consumo automatizado, despersonalizado y despersonalizante. No será fácil, pero es necesario, pues de lo contrario no reduciremos la inflamación donde es necesario y no henchiremos lo que es necesario que crezca. Esto que sugiero no es nostalgia, es sentido común: algo anda mal con la humanidad y no es su ADN.





































