No ir a votar no castiga al poder: le extiende un cheque en blanco. La abstención concentra decisiones, reduce controles y luego exige explicaciones cuando ya es demasiado tarde.
Abstenerse de votar en las próximas elecciones presidenciales y legislativas no es un gesto de lucidez política ni una forma sofisticada de inconformidad. Es una renuncia cómoda y muy peligrosa. Quien decide no ir a votar firma, consciente o no, un cheque en blanco: sin monto, sin condiciones y sin derecho a reclamo, para que otros decidan el rumbo del país mientras luego se reserva el derecho de quejarse por las consecuencias.
En democracia, la ausencia nunca es neutral. El poder no se suspende porque alguien se quede en casa: se reorganiza y se concentra. Cada voto que no se emite fortalece a quienes sí movilizan a los suyos, muchas veces desde el miedo, la desinformación o el oportunismo. La abstención no castiga a los malos gobiernos; los vuelve posibles.
No votar es aceptar que una minoría decida por la mayoría. Es permitir que el destino de Costa Rica quede en manos de quienes menos reparos tienen en erosionar instituciones, banalizar la violencia o degradar el debate público. Luego vendrá el asombro fingido, la indignación tardía y el “no era esto lo que queríamos”. Pero el cheque ya habrá sido cobrado.
A esta claudicación se suma otra trampa igual de funcional: creer que las encuestas predicen el futuro. Las encuestas no votan, no gobiernan ni asumen responsabilidades. Son fotografías parciales que, usadas irresponsablemente, instalan la idea de que todo está decidido. Ese relato no informa: paraliza. Y una ciudadanía paralizada es el escenario ideal para el deterioro democrático.
Costa Rica no atraviesa un momento cualquiera. La violencia creciente, el debilitamiento institucional, la vulgarización del discurso político y la normalización del irrespeto no surgieron de la nada. Son consecuencias acumuladas de decisiones y, sobre todo, de silencios. Frente a este escenario, el abstencionismo no es una postura ética: es complicidad pasiva.
Si realmente queremos recuperar la paz social, la decencia en la vida pública y la esperanza en un proyecto común, no basta con el cinismo ni con la crítica desde la comodidad del desencanto. Hay que involucrarse. Votar no es un favor al sistema: es una responsabilidad histórica y, hoy, un acto de defensa democrática.
No alcanza con desahogarse en redes sociales ni con repetir que “todos son iguales”. Hay que informarse, votar y movilizar a quienes nos rodean. La democracia se sostiene con participación o se vacía por apatía.
El futuro del país no lo deciden las encuestas, los algoritmos, los debates, ni los titulares. Lo decide cada persona que se niega a firmar ese cheque en blanco. No votar no es rebeldía. Es rendición. Y Costa Rica ya ha pagado demasiado caro cada rendición.
Jaime E. García G., Dr. sc. agr.
Prof. Catedrático jubilado, UCR y UNED, biodiversidadcr@gmail.com





































