¿Quién decidió que las faldas eran para las mujeres y los pantalones para los hombres? Aunque hoy parezca una división natural, durante siglos los hombres utilizaron túnicas, faldas y vestidos sin que nadie cuestionara su masculinidad. Reyes, guerreros, sacerdotes y trabajadores vistieron prendas que actualmente muchas sociedades consideran femeninas.
Los antiguos egipcios utilizaban el shendyt, una falda corta que envolvía la cintura. Los griegos vestían túnicas y los romanos llevaban la toga como símbolo de ciudadanía y prestigio. Ninguna de estas prendas restaba autoridad a quienes las portaban.
Los escoceses conservaron el kilt, una falda tradicional asociada con la identidad nacional, el orgullo y la historia militar. Incluso hoy, hombres escoceses la utilizan en bodas, ceremonias y celebraciones.
En numerosos países árabes, los hombres visten prendas largas como el thobe o la dishdasha, especialmente apropiadas para determinados climas y tradiciones. En Indonesia y Malasia utilizan el sarong, mientras que en la India el dhoti y el lungi forman parte de la indumentaria masculina tradicional.
También los sacerdotes católicos utilizan sotanas y los religiosos de distintas tradiciones llevan túnicas. Estas prendas representan autoridad espiritual, solemnidad o pertenencia religiosa, nunca una supuesta pérdida de masculinidad. Entonces, ¿por qué los pantalones terminaron convirtiéndose en símbolo masculino en Occidente?
Su expansión respondió a factores prácticos, militares, económicos y políticos. Los pantalones resultaban convenientes para montar a caballo, trabajar y realizar determinadas actividades. Posteriormente, la Revolución francesa y la industrialización contribuyeron a consolidar una vestimenta masculina más sencilla y funcional.
Como no soy socióloga ni sicóloga busqué orientación en un especialista, el psicólogo británico John Carl Flügel, que denominó este proceso la «Gran Renuncia Masculina». En su libro The Psychology of Clothes (1930), escribió que el hombre «abandonó su pretensión de ser considerado bello» y que, desde entonces, aspiró «únicamente a ser útil».
Pero también intervino el orden patriarcal. La sociedad occidental terminó asociando los pantalones con autoridad, trabajo y poder masculino, mientras reservaba las faldas para una feminidad vinculada con la apariencia y la domesticidad.
La socióloga británica Joanne Entwistle, en El cuerpo y la moda, explica que «la indumentaria es uno de los ejemplos más inmediatos y eficaces del modo en que se les da género a los cuerpos». Es decir, la ropa no solamente cubre: también comunica expectativas y reproduce jerarquías.
Como la historia demuestra que estas asociaciones pueden cambiar. Las mujeres conquistaron progresivamente el derecho a utilizar pantalones, trabajar en profesiones antes reservadas a los hombres y ocupar espacios de poder. Entonces surge mi reflexión inevitable: si los hombres modificaron su vestimenta porque cambiaron las necesidades y las convenciones sociales, ¿por qué no pueden transformar también sus comportamientos domésticos? Lavar platos, limpiar baños, cocinar, cambiar pañales o cuidar personas mayores no son capacidades femeninas determinadas por la biología; son habilidades que cualquier persona puede aprender y ejercer.
Me queda claro (y ojalá a ustedes) que los hombres no nacieron usando pantalones ni las mujeres nacieron sabiendo limpiar una casa. Ambas cosas responden a costumbres y aprendizajes. Entonces, si los hombres pudieron dejar las faldas para ponerse pantalones, también pueden dejar atrás los prejuicios para asumir las tareas domésticas y de cuido. Esto sería una transformación que beneficiaría a toda la sociedad. Las mujeres tendrían mayores oportunidades para desarrollarse personal y profesionalmente, los hombres construirían vínculos afectivos más cercanos con sus hijos e hijas y las familias disfrutarían de relaciones más equilibradas y justas.




































