Transporte público: dos universos paralelos
Mientras se anuncian 75 autobuses eléctricos, otra ruta deja de operar por falta de sostenibilidad económica
El 7 de octubre de 2026, dos noticias relacionadas con el transporte público costarricense parecían describir realidades completamente distintas. Por un lado, el Consejo de Transporte Público anunciaba una iniciativa conjunta entre la Unión Europea, el MOPT, el BCR y la cooperación alemana para incorporar al menos 75 autobuses eléctricos a la Gran Área Metropolitana. Por otro, una empresa autobusera de San José comunicaba el cierre de una ruta debido a sus dificultades económicas.
Dos acontecimientos ocurridos el mismo día que retratan una contradicción estructural: mientras una parte del sistema trabaja para financiar los autobuses del futuro, otra no consigue financiar los servicios del presente.
La incorporación de tecnologías limpias representa una oportunidad importante. La electrificación puede reducir costos operativos, mejorar la calidad del servicio y disminuir las emisiones contaminantes. También es positivo que organismos internacionales e instituciones financieras participen en la modernización del transporte público.
Sin embargo, debemos distinguir entre modernización tecnológica y sostenibilidad económica. No son conceptos equivalentes y, particularmente, el primero no garantiza el segundo.
Una empresa puede disponer de autobuses modernos, financiamiento favorable y tecnologías de última generación, pero si sus ingresos no permiten cubrir los costos de operación y las obligaciones financieras, su actividad seguirá siendo económicamente inviable.
Aquí aparece una distinción fundamental que pocas veces forma parte de la discusión pública: la diferencia entre la demanda social del transporte y la demanda económicamente capaz de sostenerlo.
La demanda social expresa la necesidad de movilidad de las personas. Adultos mayores, estudiantes, trabajadores y comunidades enteras requieren transporte público para desarrollar sus actividades. Sin embargo, esa necesidad no necesariamente se traduce en ingresos suficientes para financiar la operación.
Cuando una ruta experimenta una reducción de pasajeros, mantiene obligaciones de servicio y transporta usuarios beneficiados por exoneraciones o descuentos tarifarios sin una compensación financiera suficiente, puede enfrentar una paradoja: el servicio continúa siendo socialmente necesario, pero económicamente insostenible.
El resultado es particularmente preocupante. La sociedad necesita el servicio, pero las reglas económicas bajo las cuales se presta terminan favoreciendo su desaparición.
En Costa Rica, donde el transporte público regular opera sin un esquema generalizado de subsidios directos a la operación, esta contradicción adquiere especial relevancia. Pretender resolverla exclusivamente mediante nuevas unidades, electrificación o acceso al crédito supone confundir los instrumentos con los objetivos.
La sostenibilidad económica es una condición para la modernización tecnológica, no una consecuencia automática de ella.
Esto no significa detener las inversiones. Significa cambiar el orden del razonamiento.
Antes de preguntarnos cómo financiar un autobús eléctrico, deberíamos comprender qué condiciones permiten que una ruta genere los ingresos necesarios para sostener su operación y sus inversiones. Esto exige estudiar la demanda real, la estructura de costos, los esquemas tarifarios, la flexibilidad operativa y las obligaciones sociales impuestas al servicio.
La digitalización, el pago electrónico y la inteligencia de datos ofrecen oportunidades extraordinarias para avanzar en esta dirección. Permiten conocer mejor los patrones de movilidad, anticipar riesgos, ajustar la oferta y diseñar mecanismos financieros sustentados en información verificable.
Pero la tecnología debe funcionar como instrumento para transformar el modelo económico y operativo, no como sustituto de esa transformación.
El desafío, por tanto, no consiste únicamente en conseguir recursos para renovar autobuses, sino en construir las condiciones institucionales y económicas que permitan sostener las rutas, recuperar pasajeros y atraer inversiones.
Costa Rica necesita electrificar su transporte público, pero también necesita evitar que continúen desapareciendo sus servicios.
Porque, finalmente, debemos hacernos una pregunta elemental: ¿de qué sirve financiar los autobuses del futuro si todavía no hemos resuelto cómo sostener las rutas del presente?
MBA Bernal Rodríguez
Economista