Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 11 Febrero, 2010


De cal y de arena
Una elección, dos resultados

El triunfo de doña Laura Chinchilla fue contundente, sonoro, indisputable, en claro contraste con el relativo aventajamiento obtenido por su partido, Liberación Nacional. A ella un importante segmento del electorado le otorgó un amplio voto de confianza: ganó todas las provincias y solo perdió dos de los 81 cantones; sacó a su inmediato seguidor una ventaja de veinte puntos y recibió el consentimiento para tumbar la valla que por largos años ha impedido el acceso femenino al solio presidencial.
A su partido, en cambio, los electores le dosificaron el jarabe de la victoria no solo negándole la codiciada mayoría absoluta sino, además, reduciéndole el número de diputados respecto a los que eligió en 2006. Se reafirma, así, la primacía que da el elector contemporáneo a los candidatos en menoscabo de los partidos.

La holgada votación para doña Laura puede interpretarse como expresión de fe y esperanza en su capacidad para encarar con buen suceso tantos retos y falencias al tiempo que el quiebre de voto en la elección de los diputados liberacionistas puede significar desconfianza o prudente sentido realista ante los candidatos, algunos de ellos de polémica presencia en la vida pública. Cuidado si no la creencia de que lo que falta es una Presidencia de la República fuerte, dinámica, creativa pero no conflictiva ni imperiosa y sí de vocación negociadora y componedora, a tono con la marcada definición presidencialista que la Constitución Política da al régimen político costarricense. El que la nueva mandataria se haya identificado con el continuismo no es para apostar que va a reeditar el talante de Arias ni a decretar la sacralización del modelo económico impuesto desde que la oligarquía financiera domina los partidos tradicionales y los comandos de las decisiones de gobierno. La candidata y presidenta electa ha rechazado ser una marioneta y ha reafirmado su autonomía de voluntad ante el compromiso de imponer su propia agenda. Está en sus manos demostrarle al país si desde la Presidencia de la República va a gobernar o a reinar. Y aunque merece el beneficio de la duda, no me hago ilusiones.
Tengo claro el triunfo de las posiciones de derecha (dos tercios de los votos) y me inclino a pensar que cuando doña Laura habla de “continuidad con renovación” no está pensando en afectar las posesiones de la derecha dura y codiciosa.

Más que la incidencia de los problemas cotidianos que atraen la atención de los candidatos en medio de la grita popular, creo que lo trascendental para la nueva gobernante debería ser decidir si va a refrendar el modelo económico e institucional implantado y que, según pensamos, conspira contra la estabilidad y el crecimiento con equidad de esta sociedad dado su sentido excluyente y concentrador de la riqueza y su incompatibilidad con el Estado Social de Derecho. Pero despierto y me doy cuenta de que esto no figura en la mira de la triunfante derecha.