La dificultad persistente para alcanzar el orgasmo sigue siendo uno de los temas menos conversados en la salud íntima femenina, pese a que puede afectar bienestar emocional, autoestima, relación de pareja y calidad de vida. Especialistas advierten que la anorgasmia no debe verse como un asunto menor ni exclusivamente emocional, sino como una condición que merece evaluación médica seria y un abordaje integral.
“El primer paso es entender que una mujer que consulta por anorgasmia no está exagerando ni banalizando su situación. Está poniendo sobre la mesa una dimensión legítima de su salud, de su intimidad y de su bienestar”, señaló el Dr. Christian Rivera, cirujano plástico y reconstructivo.
La respuesta sexual femenina es multifactorial. En ella intervienen elementos hormonales, neurológicos, vasculares, anatómicos, emocionales y relacionales. Por eso, reducir la anorgasmia a una sola causa sería simplificar en exceso. En términos clínicos, además, no toda dificultad sexual tiene el mismo peso. Estudios poblacionales ampliamente citados han mostrado que 43,1% de las mujeres reportó algún problema sexual, pero alrededor de 12% presentaba un problema acompañado de malestar personal significativo, que es lo que le da mayor relevancia clínica.
Rivera explicó que, en la práctica, muchas pacientes no llegan a consulta diciendo únicamente que no logran el orgasmo. “Con frecuencia consultan por resequedad, dolor, menor sensibilidad, cambios después del parto o la sensación de que algo en su intimidad ya no funciona como antes. Ahí es donde la valoración médica ayuda a ordenar el problema y a entender qué parte corresponde al terreno biológico y qué parte exige otros apoyos complementarios”, indicó.
Ese punto resulta especialmente importante en el embarazo y el posparto. La evidencia muestra que, después del parto, la sexualidad femenina puede verse alterada por cambios anatómicos, hormonales y emocionales. Un estudio publicado en 2020 reportó disfunción sexual posparto en 35.5% de las mujeres evaluadas y trastorno orgásmico en 9.7%, lo que refuerza la necesidad de hablar del tema con mayor naturalidad en consulta.
En ese contexto, algunas tecnologías han empezado a ganar espacio como herramientas complementarias. De acuerdo con Rivera, el láser G-Runner ha despertado interés clínico en pacientes con síntomas asociados como resequedad vaginal, dolor, laxitud o cambios tisulares posparto y menopáusicos, ya que puede contribuir a mejorar hidratación, elasticidad y calidad del tejido en casos seleccionados.
“Hay mujeres en las que el dolor, la atrofia, la resequedad o ciertos cambios anatómicos influyen de manera clara en su respuesta íntima. Cuando ese entorno local mejora, puede haber también una mejor experiencia funcional. Pero sería incorrecto presentar la tecnología como una solución única o universal”, afirmó Rivera.
Según explicó, este tipo de procedimiento se realiza en consultorio, no requiere anestesia ni incisiones, dura aproximadamente una hora y permite regresar a la rutina el mismo día. El protocolo suele organizarse en sesiones mensuales, dentro de esquemas individualizados y es realizado por equipo médico de mujeres para mayor comodidad e intimidad de las pacientes.
La evidencia disponible respalda, al mismo tiempo, una visión prudente. Revisiones recientes muestran que las disfunciones sexuales femeninas requieren abordajes amplios y que tratamientos como la terapia cognitivo-conductual, la fisioterapia de piso pélvico y otras intervenciones pueden aportar beneficios en determinadas pacientes. En otras palabras, la tecnología puede ser una herramienta útil, pero su papel debe entenderse dentro de una estrategia clínica más completa.
Rivera insistió en que no todas las mujeres que consultan por anorgasmia requieren el mismo tratamiento. “Hay casos donde el componente hormonal pesa más; en otros, el dolor; en otros, la historia emocional, el cansancio crónico o la relación de pareja. La medicina seria no reduce un problema tan sensible a una sola respuesta”, dijo.
La valoración previa también permite identificar contraindicaciones y seleccionar adecuadamente a las pacientes. Antes de indicar este tipo de procedimiento, el especialista debe descartar embarazo, menstruación activa, infecciones vaginales o urinarias, cirugías ginecológicas recientes, alteraciones en el Papanicolaou, enfermedades de transmisión sexual activas, trastornos de coagulación, lesiones vaginales y algunos padecimientos autoinmunes. Ese filtro clínico forma parte del cuidado responsable.
Más allá de la tecnología, el cambio de fondo es cultural. La salud íntima femenina ha empezado a salir del silencio, y con ello también la idea de que el placer, la comodidad corporal y la vida sexual forman parte del bienestar integral. “Durante mucho tiempo estos temas se callaron por vergüenza, por desinformación o porque se creyó que no eran parte de la medicina. Hoy sabemos que sí lo son, y que atenderlos con respeto y criterio clínico también es una forma de cuidar calidad de vida”, concluyó Rivera.





































