Marco Arroyo Flores
Viceministrodel Área Económica y Consumidor del Ministerio de Economía, Industria y Comercio (MEIC)
A lo largo de nuestras vidas, aceptamos como ciertos numerosos hechos sin cuestionar cómo se producen o si sus resultados son correctos. Simplemente los asumimos sin mayor preocupación. Esto es especialmente común en el ámbito tecnológico: utilizamos a diario dispositivos, instrumentos y máquinas en nuestros hogares, oficinas y empresas, confiando en que son infalibles, sin detenernos a pensar en cómo garantizan la precisión de los resultados que ofrecen.
Pero, ¿por qué damos por hecho que las mediciones que encontramos en el mercado son verídicas? Cuando usted o yo compramos un kilogramo de algún producto, aceptamos que ese es realmente su peso. Cuando nos miden la presión arterial, aprobamos sin titubear el resultado que arroja el esfigmomanómetro.
Lo mismo sucede con los cinemómetros que usan los oficiales de tránsito para controlar la velocidad, o con los equipos médicos que proporcionan datos fundamentales para diagnósticos y tratamientos.
Ahora bien, imaginemos por un momento el caos que surgiría si reinara la desconfianza en el ámbito de las mediciones: pacientes que rechazan los resultados de sus exámenes médicos; consumidores que llevan sus propias balanzas para verificar el peso de los productos; disputas constantes sobre la validez de cada medición; o cada parte definiendo, según su propio criterio, qué es una unidad de medida y en qué condiciones debe aplicarse. Esto introduciría una enorme complejidad en las relaciones cotidianas, afectaría la actividad económica y erosionaría la cooperación entre los distintos actores.
Es precisamente aquí donde cobra relevancia la existencia de un sólido Sistema Nacional para la Calidad (SNC), en el que la metrología desempeña un papel fundamental. Su propósito es asegurar la exactitud de las mediciones y, con ello, fortalecer la confianza en las transacciones comerciales. Sería impensable una sociedad moderna sin metrología, si consideramos que prácticamente todo lo que hacemos está vinculado a alguna forma de medición: tiempo, tamaño, peso, volumen, temperatura, presión, velocidad, fuerza, entre otras magnitudes y propiedades.
Cuando damos por sentadas todas estas mediciones, es porque confiamos plenamente en que los valores utilizados son precisos. Esa certeza, por ejemplo, de que el combustible que despacha una estación corresponde a la cantidad mostrada por el dispositivo, es la base sobre la que se sostiene la relación de confianza con el consumidor. Sin embargo, tal seguridad no ocurre de forma automática, es fruto del trabajo del Estado, mediante un marco institucional que regula y supervisa el cumplimiento de normas que garantizan mediciones confiables y evitan fraudes.
En Costa Rica, el Laboratorio Costarricense de Metrología (LACOMET), forma parte esencial de ese entramado institucional. Su alto nivel técnico es garantía de precisión y verificación en el campo de la medición, además de ser una valiosa fuente de conocimiento para quienes deseen incursionar en el ámbito de medición física, química y legal, tanto en el sector público como en el privado.
Por eso, estimado lector, la próxima vez que adquiera un producto o utilice un instrumento que involucre algún tipo de medición, recuerde que existe un sistema impulsado por el Estado detrás de todo ello; un sistema diseñado para proteger su confianza, garantizar la veracidad de lo que se da por hecho y, si llegara a fallar, tener los mecanismos para corregirlo.





































