La inteligencia artificial nos obliga a plantearnos una pregunta fundamental: ¿cómo utilizarla para que nuestros estudiantes desarrollen mayores habilidades? Su valor educativo dependerá de lo que los jóvenes aprendan a hacer con ella y de las capacidades que puedan ejercer por sí mismos.
En mi artículo “Maestros, computadores y habilidades” (www.rodriguez.cr) señalé que llevar tecnología a los centros educativos debía acompañarse de una preocupación esencial: mejorar el aprendizaje. También reconocí su importancia para ampliar las oportunidades de quienes no tenían acceso a esos instrumentos en sus hogares. Ambas consideraciones siguen siendo válidas ante la inteligencia artificial.
Andreas Schleicher, director de Educación y Competencias de la OCDE, aborda este desafío en The Economist con motivo de los resultados de PISA 2025. Su advertencia merece atención: estamos incorporando herramientas a las aulas sin suficiente comprobación de sus efectos sobre el aprendizaje.
El problema se presenta cuando ya sufrimos un deterioro de la comprensión lectora. Schleicher señala que están debilitándose capacidades especialmente necesarias en esta época: evaluar información, relacionar fuentes y examinar críticamente lo que leemos. La abundancia de respuestas disponibles aumenta la importancia de saber juzgarlas.
La tecnología puede ayudarnos enormemente. Un docente podría utilizarla para preparar ejercicios de distinta dificultad, ofrecer explicaciones alternativas y detectar errores frecuentes. Un estudiante podría practicar un idioma, recibir observaciones sobre un razonamiento o explorar una simulación científica. Para quienes encuentran dificultades, una explicación adicional y oportuna puede abrir una oportunidad de aprendizaje.
Pero esas posibilidades requieren una orientación cuidadosa. Si el alumno encarga a una máquina la lectura, el razonamiento y la redacción que debía practicar, puede entregar una tarea sin haber desarrollado las habilidades que justificaban realizarla. El resultado visible del trabajo deja entonces de mostrar lo que sabe hacer.
Schleicher informa que los estudiantes que utilizan robots conversacionales (chatbots) para tareas como resumir textos tienden a obtener resultados inferiores y a expresar menor motivación propia para aprender. Esta asociación no demuestra, por sí sola, que la inteligencia artificial cause esos resultados. Pero sí nos obliga a investigar cómo se está utilizando y qué actividades intelectuales está desplazando.
Aprender exige esfuerzo. Para comprender un texto hay que leerlo con atención, identificar sus argumentos, relacionarlo con conocimientos anteriores y resolver dudas. Para dominar matemáticas hay que intentar procedimientos, equivocarse y comprender por qué. La ayuda educativa debe permitir que el estudiante avance en ese trabajo.
Parece necesario que ese principio guíe el uso de la inteligencia artificial en nuestras aulas. Ante un problema, el alumno debería hacer primero su propio intento. Después podría pedir una pista o una explicación y, finalmente, resolver una tarea semejante sin ayuda. Así podremos comprobar si adquirió la habilidad.
En lectura, podría comparar su interpretación con la de una herramienta y justificar, con pasajes del texto, sus acuerdos y desacuerdos. En ciencias, examinar una respuesta generada, contrastarla con fuentes confiables e identificar errores. Estas actividades requieren conocimientos: para juzgar una respuesta debemos contar con elementos que nos permitan comprenderla.
También necesitamos reglas claras para los teléfonos y otros dispositivos. El uso recreativo durante las lecciones compite con la atención que requiere aprender. Cada centro debería definir cuándo y para qué se utilizan, proteger momentos de concentración y comprobar el cumplimiento de sus normas.
Con los estudiantes más pequeños debemos ser especialmente cuidadosos. Schleicher advierte contra herramientas que se presentan como amigos o sustitutos de las relaciones humanas. La educación exige convivencia, conversación y vínculos con maestros y compañeros.
Nada de esto se conseguirá sin preparar a los educadores. Como he insistido durante años, debemos acompañarlos en la práctica del arte de enseñar. Ahora ese apoyo debe incluir la selección de herramientas, la identificación de errores y el diseño de actividades que permitan comprobar el aprendizaje individual.
Costa Rica debería probar estas aplicaciones en condiciones definidas, evaluar sus resultados y ampliar las que demuestren beneficios. También debe procurar que su acceso contribuya a cerrar diferencias de oportunidades.
La inteligencia artificial puede ser una gran ayuda educativa. Para aprovecharla debemos mantener claro nuestro propósito: formar personas con conocimientos, criterio y capacidad para actuar. El éxito será que nuestros estudiantes puedan pensar mejor y ejercer con mayor autonomía su libertad.





































