Dicen que los gatos son egoístas, independientes, exigentes y que solo buscan cariño cuando les conviene. Curiosamente, después de escuchar estas descripciones, muchas mujeres podríamos preguntarnos: ¿y cuál es la diferencia con algunos hombres? Al menos el gato no espera que le planchemos la camisa ni que le sirvamos la cena. ¡Bromeo!, pero hay algo certero, detrás de la imagen de la mujer mayor acompañada por sus gatos existe una reflexión sobre la libertad, la soledad y las relaciones de pareja.
Durante generaciones nos enseñaron que el destino ideal de una mujer era casarse, tener hijos, mantener impecable su hogar y cuidar a su marido hasta que la muerte los separara. Ser abnegada, fiel, comprensiva y sacrificada parecía garantizar una vejez tranquila, pero ninguna de esas virtudes asegura respeto, compañía ni felicidad.
Millones de mujeres dedicaron sus mejores años al bienestar familiar, postergaron sus aspiraciones profesionales, dependieron económicamente de sus esposos y llegaron a la vejez sin recursos suficientes. Algunas terminaron solas, otras soportando humillaciones y muchas continuaron limpiando, cocinando y cuidando a hombres que jamás aprendieron a hacerse cargo de sí mismos.
La desigualdad económica también castiga a las mujeres en la vejez. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), en 2023, el 70,3 % de las mujeres de 65 años o más que no recibían pensión tenía ingresos propios inferiores a la línea de pobreza. Incluso entre quienes recibían una pensión no contributiva, el porcentaje alcanzaba el 42,6 %. Son cifras de ocho países latinoamericanos que evidencian cómo una vida dedicada al trabajo doméstico y de cuido, muchas veces sin remuneración, puede traducirse en dependencia económica y desprotección durante los últimos años de vida.
Y entonces aparece el gato…en mi caso Kimba. Ese pequeño personaje que duerme dieciséis horas, ignora mis regaños y considera que el sofá le pertenece, pero tiene virtudes extraordinarias: se limpia solo, no deja ropa interior tirada, no pregunta qué hay de cenar y jamás me reclama cuando salgo el segundo martes de cada mes con mis amigas. Además, respeta mi independencia, aunque ocasionalmente considera que las tres de la madrugada es una hora excelente para joder con juegos y ronroneos.
¡Hasta las brujas escogieron a los gatos como compañeros y no a un brujo! Al menos así las retrató durante siglos el imaginario popular europeo, que convirtió al gato en su inseparable compañero. Quizás aquellas mujeres, frecuentemente representadas como independientes y desobedientes, sabían algo que todavía nos cuesta comprender.
La realidad es que los gatos son amados por los adultos mayores. Una encuesta de Pew Research Center de 2023 encontró que el 57 % de las mujeres estadounidenses con mascotas las consideran tan importantes como cualquier integrante humano de su familia, frente al 43 % de los hombres. Aunque el estudio no demuestra una preferencia femenina específica por los gatos, revela el valor afectivo de los animales de compañía.
Conviene aclarar que existen hombres maravillosos, compañeros solidarios, afectuosos y capaces de compartir responsabilidades. A ellos, bienvenidos sean. ¡Dios los bendiga! No se trata de sustituir a los hombres por gatos, sino de rechazar la idea de que cualquier compañía masculina es preferible a vivir sola.
La pobreza, la discriminación y la violencia que afectan a tantas mujeres mayores deberían preocuparnos mucho más que sus decisiones sentimentales, porque llegar a la vejez sin marido no es necesariamente una tragedia. Trágico sería pasar los últimos años limpiando, obedeciendo y soportando maltratos por miedo a la soledad. Después de todo, entre un hombre que nos maltrata y un gato que nos ignora, el felino tiene una ventaja: podemos cerrar la puerta de la habitación y seguir durmiendo tranquilas.





































