Si opinar cambiara el mundo, probablemente ya viviríamos en uno perfecto.
Vivimos en la época en que tenemos diagnósticos para todo. Sabemos que deberían hacer los gobiernos, cómo deberían administrar sus empresas los grandes empresarios, qué trabajos y profesiones desaparecerán con la inteligencia artificial, y hasta cómo y en qué deberían invertir su dinero personas que nunca hemos visto en la vida.
Y por supuesto, sabemos claramente que habríamos hecho nosotros en su lugar.
Lo curioso es que, a pesar de que tenemos tanta información a la mano, tantas plataformas para expresarnos y tantas oportunidades para cuestionar lo que sucede, también parece que nunca hubiéramos tenido tantas razones para sentir que el futuro está en manos de alguien más.
Decidimos esperar a que los gobiernos resuelvan, que las empresas cambien, que los líderes reaccionen y que alguien encuentre una solución a los problemas que tenemos todos los días. Y con esto, no estoy diciendo que esas responsabilidades no existan, pero ¿en qué momento comenzamos a confundir no tener control de todo con no tener capacidad para cambiar algo?
Podemos dedicar años a discutir por qué algo funciona mal, por qué determinadas prácticas son injustas o por qué los modelos tradicionales deberían desaparecer. Y hasta podemos tener razón. Lástima que tener razón no construya, por sí sola, una alternativa.
Y construir alternativas, no siempre depende de actos trascendentales, ni de posiciones tradicionales de poder.
Un profesional puede cambiar la forma en que presta sus servicios, un consumidor puede contribuir a hacer viable una alternativa en la que cree, un líder puede demostrar otra forma de ejercer autoridad, una persona puede compartir una solución que otros no habían considerado…
Ninguno necesita convertirse en el protagonista de una transformación histórica, hacerlo todo perfecto, ni conseguir que todos piensen igual.
El cambio está en las decisiones que estamos dispuestos a tomar, en las acciones que realizamos para hacerlo posible y en las estructuras que creamos para sostenerlas en el tiempo.
Es comprensible que, en tiempos de incertidumbre, podamos sentir miedo. La tecnología está cambiando, los mercados evolucionan y muchas decisiones importantes se toman lejos de nosotros. No siempre podemos cambiar esas circunstancias, pero hay una enorme diferencia entre reconocer nuestros límites y asumir que no tenemos capacidad de actuar.
Quizá deberíamos dejar de esperar que aparezca alguien con suficiente “poder” para que decida cómo debería ser el futuro y más bien, reconocer que lo construimos todos los días mediante las alternativas que cada uno se atreve a poner en práctica.
No necesitamos tener el poder de decidir por todos para crear una posibilidad que otros puedan elegir.





































