Tomas Nassar

Tomas Nassar

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Jueves 14 Octubre, 2010


Vericuetos
¡Viva Chile!

No recuerdo exactamente el año, pero fue empezando la adolescencia que llegaron a mis manos, traídos como obsequio de Chile, los ejemplares de Sub Terra y Sub Sole, dos de los libros de cuentos de Baldomero Lillo.
Era la época en que no teníamos la distracción de los artilugios modernos y en que nos abocábamos apasionadamente a la lectura. Lillo, que era entonces un total desconocido para mi generación, había nacido en Lota, un pueblo minero en la provincia de Concepción, en el año 1867. Hijo de un capataz minero, conoció desde muy niño la vida y los pesares de un oficio cargado de miserias, en las profundidades de las galerías subterráneas de las minas de carbón en el subsuelo bajo las aguas del Pacífico.
El autor nos conmovió hasta lo más profundo con cuentos del ambiente de la minería como “El chiflón del diablo”, “La compuerta número doce”, “El grisú” o “La paga”, parte de Sub Terra, que desde su primera edición de 1904 forman parte importante del profuso acervo literario del país del Sur.
Lillo tuvo la virtud de dar vida literaria al mundo prácticamente desconocido de la minería del carbón en Lota, no solo en las profundidades de la tierra sino también en la convivencia cotidiana en un pueblo-mina de extrema pobreza, en una sucesión de cuentos leídos por nosotros en una época de nuestras vidas en que la sensibilidad y la solidaridad ante la cuestión social eran la nota que marcaban esa rebeldía propia de la juventud. Del autor se dijo que “nos hace sentir la tragedia de esas vidas como algo que está muy cerca de nosotros y habla a nuestra conciencia”.
Viviendo de lejos las noticias sobre la situación de los mineros de la Mina de San José, he vuelto a sentir las emociones del periplo adolescente por las experiencias de los mineros atrapados en las páginas de Sub Terra, como si fueran las bóvedas de Atacama de las que han renacido a la luz los 33 hermanos que el vientre de la tierra alojó por 69 días terribles.
El drama de los mineros atrapados, cargado de una profunda humanidad, ha servido para unir al pueblo chileno en una sola y vibrante entidad de fe y esperanza. Los chilenos han demostrado al mundo la fortaleza con la que, todos, se han convertido en rescatistas desde lo más profundo de sus pasiones, de sus deseos y de sus plegarias.
Chile ha evidenciado su enorme capacidad para planear y ejecutar uno de los rescates más intrépidos de la historia, ha dejado clara su habilidad para lidiar con todos los ínfimos detalles de una operación complicadísima y ha expuesto su incuestionable destreza en el manejo de sofisticada tecnología puesta al servicio de la preservación de la vida de sus 33 hijos.
La disposición del pueblo chileno alrededor de su determinación inclaudicable de recuperar a sus hombres conmovió y conmocionó al mundo entero y puso de evidencia esa su ya legendaria fortaleza para recuperarse de la adversidad.
Un abrazo y la más efusiva felicitación desde esta columna a todos nuestros hermanos chilenos con quienes compartimos la dicha del éxito de su misión.
Viva Chile por su fe, por su fortaleza y por su ejemplo.