Mientras escribía esta columna, café en mano y “Thriller” de Michael Jackson sonando de fondo, la imagen del baile apareció de forma inevitable.
Esta columna es un poco diferente a las otras, porque viene a colocarnos frente a una realidad incómoda: muchas veces somos parte de los incentivos negativos que perpetúan las culturas que después criticamos.
Vemos las contradicciones, las comentamos, a veces hasta nos indignan. Y, sin embargo, “seguimos bailando”.
A nadie le gusta hablar demasiado de esto, porque muchas de estas dinámicas ocurren ante la mirada y el silencio de todos. Por eso, en tantas organizaciones, los mensajes “pintados en la pared” parecen pertenecer a una empresa distinta de la que las personas experimentan todos los días.
Se habla de colaboración, pero se premia exclusivamente el resultado individual; se habla de ética, pero el comportamiento del “top performer” se vuelve negociable mientras genere rentabilidad; se habla de bienestar, pero se reconoce al que no duerme y nunca se desconecta; se habla de innovación, pero se castiga el error o las nuevas ideas. Y no, la cultura no se confunde ante estas contradicciones, aprendemos perfectamente cuál de los dos mensajes es el que tiene consecuencias reales.
Me parece extremadamente curioso, cómo hemos perpetuado esta “fractura intelectual” entre lo que significaría construir de manera inteligente y lo que reconocemos hoy como “inteligente” o “exitoso”.
Pensemos primero, sin drama, sin prejuicios; pero con seriedad. Desde la escuela aprendemos que vivimos dentro de ecosistemas, que el ambiente, los recursos, las personas y las decisiones forman parte de un sistema interdependiente y que la alteración en uno de estos puntos produce efectos en los otros.
Lo interesante, es que en algún momento de la carrera o de la vida profesional, esa comprensión pareciera desaparecer. De pronto, extraer se convierte en sinónimo de producir, acumular se confunde con construir y la rentabilidad en vez de funcionar como una condición necesaria para la sostenibilidad del negocio, se transforma en el ritmo que todos terminamos siguiendo como los zombies de “Thriller”: avanzando juntos, perfectamente coordinados, sin detenernos a preguntar hacia dónde.
Eso podrá representar muchas cosas, pero no lujo, inteligencia, elegancia ni buen gusto.
El problema no es ganar dinero, porque sin él no se sostienen operaciones, no se puede invertir, no se puede crear empleo, innovar o asumir riesgos; el problema aparece cuando para producirlo, una empresa extrae silenciosamente estabilidad, confianza, salud, recursos o sentido de algún otro lugar.
Y sigue apareciendo cuando esa extracción se disfraza con un lenguaje de “responsabilidad social” que nunca llega a modificar incentivos, la gobernanza ni la forma real de tomar decisiones.
Las contradicciones no se corrigen cambiando discursos, se corrigen cambiando lo que las hace rentables o convenientes.
Algo semejante ocurre cuando se habla de libertad empresarial sin preguntarnos si quienes la ejercen cuentan con la inteligencia, la creatividad y el conocimiento necesarios para comprender el sistema del que dependen y en el que operan.
La libertad no consiste solamente en que nadie impida una decisión, también requiere la capacidad para entender que se está eligiendo, por qué, dentro de qué contexto y con qué consecuencias para uno mismo y para terceros.
Una persona sin herramientas ni fundamentos para elegir puede tener opciones, pero eso no significa necesariamente que sea libre. Muchas veces termina convertida en esclava de sus propias decisiones, de sus impulsos o de incentivos que alguien más diseñó para ella.
Y aquí se trata de volverse individualmente responsables, porque en algo en que coincidimos todos, es que todos somos consumidores y vivimos rodeados de estímulos que nos enseñan a confundir identidad con consumo.
Volviendo al punto anterior, si no sabemos bien quiénes somos terminamos creyendo que nuestro valor depende de los productos, servicios o experiencias que podemos o no pagar.
Si algo fue utilizado por quien representa estatus, pertenencia o aceptación, entonces parece necesario poseerlo. No importa si debemos endeudarnos, ignorar nuestros propios límites o respaldar empresas, productos y servicios que contradicen lo que decimos valorar: compramos la promesa de ser aceptados.
Y al final, muchas veces, nadie nos acepta, no encontramos verdadera pertenencia y seguimos representando una vida que no le sirve a nadie. Mucho menos a la persona más importante dentro de esa decisión: uno mismo.
Por eso cuestionar los incentivos y los comportamientos no es una conversación abstracta; es una conversación sobre libertad, responsabilidad y madurez.
Si como sociedad no nos hacemos estas preguntas, seguiremos comportándonos como niños dentro de cuerpos adultos, deseando una libertad que todavía no hemos aprendido a comprender ni administrar.
Porque todo derecho, toda libertad y toda decisión deberían atravesar al menos estas preguntas básicas:
¿Para qué la tengo? ¿Por qué la estoy ejerciendo? ¿Qué efecto produce en mí? ¿Qué consecuencias genera en otras personas? ¿Dentro de qué contexto estoy eligiendo? ¿Quién diseñó las opciones entre las cuales creo estar eligiendo libremente?
Cuando estas preguntas no se hacen, sea por ignorancia, conveniencia o comodidad, podemos seguir tomando decisiones, pero no necesariamente eligiendo de manera consciente o libre.
Cualquier persona puede aprender, revisar sus decisiones y educarse a lo largo de su vida, pero las empresas como colectivos organizados de personas, cuentan con una capacidad extraordinaria para generar cultura.
No solo por lo que venden o comunican, sino por los comportamientos que convierten en rentables, las excepciones que toleran, las personas que reconocen y las consecuencias que deciden aplicar.
Cada incentivo es una lección, cada beneficio comunica una prioridad, cada silencio normaliza una conducta. Y cuando estas señales se repiten suficientes veces, se convierten en la cultura, independientemente de los valores que aparezcan en la página web.
Entonces, si observamos los resultados que estamos produciendo hoy, en las empresas, en la sociedad, en nuestra propia vida, quizá podremos encontrar suficiente evidencia para admitir las contradicciones y preguntarnos honestamente:
¿Qué estamos repitiendo y qué estamos enseñando a repetir?
Y solo entonces podremos decidir si queremos seguir bailando.





































