Mishelle Mitchell Bernard

Mishelle Mitchell Bernard

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Jueves 3 Agosto, 2017

Veintidós horas

No transcurre un día completo. Pasan 1.360 minutos y cae abatido nuevamente un niño, una niña o un joven producto de la violencia que sacude a Honduras, la nación con el mayor índice de homicidios en contra de jóvenes varones en el planeta. Con cada uno de estos decesos, mueren sueños, un proyecto de vida, una oportunidad de cambio.

En 2016 Honduras, contabilizó 80 homicidios por cada 100.000 habitantes, este año, celebramos un descenso a 57 homicidios por cada 100.000 habitantes. La reducción, aunque esperanzadora, es insuficiente para garantizar un entorno protector para los niños y ello nos llama a frenar la tragedia humana que vive nuestro vecino centroamericano. El problema no es de ellos —de otros— el problema es también nuestro, porque somos parte de este vecindario centroamericano.

El panorama adverso que enfrentan los niños y niñas hondureños tiene una raíz principal: la pobreza. Unicef estima que el 86% de los niños, niñas y adolescentes de esa nación vive en condiciones de pobreza. Evidentemente la falta de acceso a las oportunidades es caldo de cultivo.

Un 44% de los niños y niñas hondureños entre los 3 y 17 años están fuera del sistema escolar, según cifras oficiales. La exclusión del sistema educativo es la primera condena a la postración económica y social. La pobreza, y particularmente la inequidad, una de las formas más crueles de violencia, asfixia los sueños y asesina las posibilidades de muchos y propicia que el crimen organizado y el narcotráfico recluten —voluntaria o forzosamente— a quienes no disponen de ingresos desde edades tempranas.

Recorrer las polvorientas calles de algunas de las comunas más conflictivas del país confirma esta realidad. Niños de 6, 7 u 8 años, son seducidos con premios materiales para trabajar como “banderas” vigías que informan a los jefes de las pandillas sobre el ingreso y salida de personas a los territorios bajo su control.
Jovencitas de 12, 13 y 14 años son seleccionadas a dedo como la mujer del capo. A tan corta edad, son convertidas en objetos sexuales, y al oponer resistencia, son descartadas con una bala en su cabeza. No extraña entonces que los femicidios —aun de niñas— alcance niveles tan alarmantes en el vecino país.

Niños y adolescentes son la carne de cañón en una despiadada guerra de bandas y pandillas por el control territorial. Transgredir las fronteras de estos grupos se paga con la muerte.

Recientemente, World Vision, organización humanitaria y cristiana cuya misión es promover la vida en plenitud de la niñez, realizó el lanzamiento regional de su campaña “Necesitamos a todo el mundo para eliminar la violencia”. El llamado busca movilizar la conciencia, la voluntad y los recursos de individuos, familias, empresas, gobiernos, iglesias y organizaciones de distinta naturaleza. Somos conscientes de que la labor es titánica, pero no renunciamos a salvar vidas, y rescatándolas aspiramos a un futuro más justo y promisorio para los niños y niñas.

Quisiera invitarle a ser agente de cambio, no un espectador. Lo invito a ser parte de este movimiento. Necesitamos cambiar actitudes para eliminar la violencia contra la niñez y la primera que debemos transformar es la indiferencia. Busque su oficina más cercana de World Vision y contribuya con su tiempo, su dinero y su conocimiento a hacer la diferencia.

La Autora es Dir. Regional de Public Engagement de World Vision Latinoamérica.