Pablo Villamichel
Economista Financiero
Por años hablar de deuda en dólares fue sinónimo de riesgo. El mensaje era claro: si una persona gana en colones, endeudarse en dólares puede salir muy mal si el Colón se devalúa. El país vivió décadas en las que el dólar prácticamente solo caminaba hacia arriba y con el episodio histórico de devaluación de inicios de los ochenta que marcó varias generaciones.
Pero una cosa es reconocer que el riesgo existe y otra distinta es observar qué fue lo que realmente ocurrió durante los últimos años. Cuando uno revisa la evolución del tipo de cambio y de las tasas de interés, aparece una conclusión incómoda: para muchísimas personas y empresas, endeudarse en dólares terminó siendo mejor negocio que endeudarse en colones. No solo recientemente. Desde hace mucho tiempo.
La explicación más obvia es que el dólar bajó. Entonces las cuotas y el saldo de las deudas en dólares, medidos en colones, se hicieron más pequeños. Pero el fenómeno no fue solamente cambiario. También tuvo muchísimo que ver con el comportamiento de las tasas de interés.
Durante muchísimo tiempo las tasas de interés en colones fueron considerablemente más altas que las tasas de interés en dólares.
Para que endeudarse en colones hubiera resultado mejor negocio, el tipo de cambio tenía que subir lo suficiente como para compensar esa diferencia de tasas de interés. Y eso simplemente no ocurrió. Después de 2006, cuando se modificó el régimen cambiario de minidevaluaciones, el dólar no se devaluó lo suficiente como para compensar el mayor costo financiero de las deudas en colones.
Entonces el deudor en dólares terminaba recibiendo dos beneficios al mismo tiempo. Por un lado, pagaba tasas de interés más bajas. Por otro, el tipo de cambio se mantenía relativamente estable e incluso terminó apreciándose con fuerza recientemente. El resultado fue que tanto el saldo como las cuotas de las deudas en dólares, medidas en colones, terminaron cayendo mucho más que en el caso de las deudas en colones.
Eso se refleja directamente en la experiencia cotidiana de muchísimas personas. Durante años, muchos deudores en dólares vieron cómo sus cuotas se mantenían relativamente cómodas o incluso bajaban, mientras quienes se endeudaron en colones para evitar el riesgo cambiario terminaban pagando cuotas considerablemente más altas durante largos periodos.
Esto ayuda a explicar la contradicción que, a pesar de todas las advertencias sobre el riesgo cambiario, la demanda por crédito en dólares seguía creciendo. No era necesariamente irracionalidad. En la práctica, las condiciones financieras efectivamente favorecían endeudarse en dólares.
Eso no significa que endeudarse en dólares fuera libre de riesgo. El riesgo siempre estuvo ahí y sigue existiendo. Una devaluación fuerte todavía podría cambiar parte de esta historia. Pero lo importante es entender que el escenario que efectivamente ocurrió fue muy distinto al que dominaba la conversación pública durante años.
Con el tiempo, además, la diferencia entre las tasas en dólares y en colones se ha ido reduciendo. Las tasas locales han bajado estructuralmente y el diferencial ya no es tan grande como antes. Pero eso ocurrió gradualmente, después de muchos años en los cuales endeudarse en dólares siguió siendo financieramente más atractivo para muchísimos hogares y empresas.
Por eso la discusión sobre deuda en Costa Rica debería ser un poco más sofisticada. Durante mucho tiempo el debate se concentró casi exclusivamente en el miedo a la devaluación. Pero el verdadero resultado financiero dependía de varias cosas al mismo tiempo: el comportamiento del tipo de cambio y las diferencias entre tasas de interés.
Muchas personas tomaron deuda en colones creyendo que estaban escogiendo la opción prudente. Y quizás desde el punto de vista del riesgo extremo tenían razón. Pero en la práctica, quienes asumieron el riesgo cambiario fueron los que terminaron pagando menos, debiendo menos y viviendo con cuotas más cómodas.
A veces el problema no es que los riesgos estén mal identificados. El problema es que el escenario que todos consideran “prudente” puede ser financieramente el más caro si no se materializa el riesgo. Esto ha tenido también implicaciones sobre la bajísima rentabilidad de los bancos, que podríamos explorar en otra ocasión.





































