Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 5 Abril, 2010


Una nota de color


Claudia Barrionuevo

Antes del siglo XX fueron pocas las figuras femeninas relevantes en la política mundial. Tomando en cuenta la desigualdad de oportunidades entre ambos sexos es lógico que solo unas cuantas mujeres hayan podido ejercer el poder más por obra del destino que por otra cosa.
Sin embargo entre las reinas, emperatrices, zarinas y más, hubo muchas que se destacaron como grandes estadistas en épocas muy difíciles. Fuertes, valientes, implacables, Cleopatra, Catalina la Grande, Catalina de Médicis, Lucrecia Borgia e Isabel Primera —entre otras—, tomaron grandes decisiones y ejecutaron acciones destacadas. Además marcaron su época imprimiéndole su estilo y elegancia, imponiendo una moda en el vestir femenino.
Desde el siglo pasado las mujeres entraron a jugar un papel cada vez más importante en la toma de decisiones políticas. Algunas veces —lamentablemente— por ser hijas, viudas o esposas de un político o líder. Otras —por fortuna— por sus propias virtudes.
Sin embargo —y a pesar de las intenciones de algunos y las leyes en países como el nuestro— siguen siendo pocas las damas que acceden a puestos de poder.
No comulgo con la obligatoriedad de la cuota femenina porque estoy convencida de que cuando una mujer tiene los atestados para un puesto siempre se va a desempeñar mejor que un hombre, pero nombrar a alguien en un cargo solo por el hecho de ser mujer me parece vano.
Creo también —¡por supuesto!— que si existiera por ejemplo un instituto de la masculinidad sería absurdo que lo dirigiera una mujer. Tan inconcebible como que un hombre estuviera a cargo del Instituto Nacional de la Mujer (INAMU).
Eso sí: no creo que las mujeres sean forzosamente más compasivas, menos guerreras, más sensibles, menos autoritarias. La historia nos ha demostrado que pueden ser tan beligerantes como una Golda Meir o tan duras como una Margaret Thatcher, conocida como la Dama de Hierro.
Lo que sí es una constante en la participación pública femenina de los últimos años es que las mujeres han venido a colocar una nota de color en cualquier encuentro público. Antes las aburridísimas fotos grupales de los dirigentes políticos con sus trajes oscuros, apenas contaban con unas rayitas coloridas en sus corbatas —pocas veces atrevidas—. O —en el caso de las reuniones caribeñas— el blanco sempiterno de las elegantes guayaberas inundaba los documentos gráficos.
Ahora no: desde la convencional señora Angela Merkel hasta la exageradamente vanidosa Cristina Fernández, pasando por Hillary Clinton y la recién retirada Michelle Bachelet, todas imponen un estilo de vestir que se caracteriza fundamentalmente por el uso atrevido del color.
Carteras prácticas, aretes discretos, zapatos al tono, pañuelos contrastantes que rompan la monotonía, vestidos y trajecitos clásicos —y no tanto— en tonos turquesas, verdes, naranjas, amarillos, rojos: la moda les permite a las mujeres una gama infinita de combinaciones estéticas que algunas aprovechan mejor que otras.
Y aquí estamos nosotros los costarricenses estrenando a una mujer como nuestra primera presidenta, doña Laura Chinchilla, que hasta ahora ha demostrado ser elegante y distinguida en el vestir. Ojalá que —como las grandes estadistas de la historia— no se destaque solo por eso.

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