Miguel Angel Rodríguez

Miguel Angel Rodríguez

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Lunes 15 Agosto, 2016

La pericia de los Ministros y de sus altos funcionarios, y la profesionalización de tráficos y policías permitió el buen desempeño, y por eso merecen el aplauso de nosotros los ciudadanos

 

Disyuntivas

Una acción difícil muy bien hecha

El desempeño de las autoridades frente a la huelga de taxistas merece el reconocimiento de los ciudadanos. Los Ministros de Transportes y de Seguridad Pública dirigieron una tarea de las autoridades de tránsito y policiales que permitió —con un uso racional, moderado y equilibrado de la fuerza que siempre debe emplearse al mínimo— mantener de una manera bastante normal el flujo vial.
Esa no es tarea fácil de realizar.


Es siempre necesaria la libertad de los ciudadanos para manifestarse. Si se pierde ese derecho se rompen el estado de derecho, la libertad y se menoscaban los derechos humanos. Pero acatando la elocuente frase de Sartre: “Mi libertad se termina donde empieza la de los demás” es preciso que los manifestantes en ejercicio de la suya no menoscaben las de los otros ciudadanos.
Frente a las pasiones —que cada persona siente son muy justificadas para defender lo que considera sus derechos— los manifestantes —con facilidad— pueden exceder el uso de su libertad y tornar en ilegítimas sus acciones.
Corresponde a las fuerzas del orden defender la libertad de expresión de los manifestantes y la libertad de tránsito y la seguridad de todos los ciudadanos. Para ello la racionalidad y el amor al prójimo deben conducir las acciones de quienes dirigen a las autoridades y de cada persona de ella investida.
La pericia de los Ministros y de sus altos funcionarios, y la profesionalización de tráficos y policías permitió el buen desempeño, y por eso merecen el aplauso de nosotros los ciudadanos.
Recuerdo con humilde satisfacción que cuando me correspondió enfrentar una de las más serias manifestaciones que se han vivido en muchas décadas, arengada con mentiras en mi contra, a los policías que velaban por la seguridad de Casa Presidencial los reuní para recordarles que quienes nos adversaban eran ciudadanos tan costarricenses como nosotros, les solicité que la fuerza solo se usara cuando fuese absolutamente indispensable y al mínimo, y los invité a rezar un padrenuestro para pedir la ayuda de Dios para que nadie fuese lastimado. Y nadie lo fue.
Hoy esa acción de funcionarios de policía y tránsito se facilita por la profesionalización que a partir de entonces han tenido estos cuerpos de autoridad y por las reformas que lograron volver a penalizar los abusos cometidos en manifestaciones.
Eso era imposible antes, cuando la policía era el botín de los partidos para premiar a quienes —desde muy humildes posiciones— los habían ayudado en las campañas electorales. Esa situación que nos hubiera hecho aún más difícil enfrentar el increíble aumento de la delincuencia de este siglo, desapareció en los años 90. En la administración 1998-2002 se estableció la Ley de Policía Civilista, se dictaron mínimos de escolaridad para ingresar a la policía y se aceleró su profesionalización y equipamiento.
Además, ya se preparan oficiales policiales para ejercer las funciones de tráficos, e incluso se delegan esas acciones en policías municipales.
Estos cambios, y la buena acción coordinada de autoridades de tránsito y de la policía ante la huelga de taxistas, así como la anterior ejemplar conducta policial en la pasada huelga de los muelles de Limón, me hace preguntarme si no ha llegado la hora de unificar ambos cuerpos.