Arnoldo Mora

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Sábado 24 Mayo, 2008

Una democracia enferma

Arnoldo Mora

En mi opinión, la noticia más inquietante de estos días en la política nacional, ha sido la enfermedad del Jefe de Estado que lo ha llevado de emergencia a una clínica de Estados Unidos. Este hecho es preocupante. A fuer de sinceros, hay que reconocer que los quebrantos de salud de Oscar Arias no son novedad; ya durante la campaña redujo considerablemente su actividad y en su comparecencia en la televisión con los otros candidatos, se mostró notoriamente disminuido físicamente. Su ronquera no ha sido de estos días; todo lo contrario, ha sido frecuente y persistente durante años.
Por eso, desde los días de la última campaña electoral, he venido oyendo en no pocas ocasiones que lo que sufre el mayor de los hermanos Arias es algo más que una simple ronquera y ahora, con mayor insistencia, que lo suyo es una enfermedad de cuidado. En lo personal le deseo suerte, de modo que lo que se rumora sea precisamente eso y solamente eso, un rumor, cosa que los especialistas que acaban de tratarlo así parecen confirmar. Pero como se trata de una figura pública, su estado de salud es tema obligado en todos los círculos que se interesan por los destinos del país. Para nadie es un misterio que, cuando se desempeña una función pública, se termina la vida privada e, incluso, tratándose de figuras notorias nunca más se vuelve a recuperar el anonimato que caracteriza la vida privada.
Las consecuencias de la actual situación personal de Arias ya son palpables, pues es un secreto a voces que, desde hace meses, el que gobierna el país es el hermano menor quien, de primer ministro, ha pasado a ser jefe de Estado de facto. En ausencia de Oscar, Laura Chinchilla cumple las funciones de rigor en las ceremonias oficiales, pero el poder real está en manos del hermano menor.
Esta situación me parece grave, pues el Rodrigo de hoy no es el mismo de hace 20 años. Entonces el hermano menor se ocupaba de la política casera mientras el mayor se dedicaba a buscarles una salida pacífica a los conflictos bélicos que azotaban la región. En los 20 años que siguieron, la situación política, tanto mundial y sus repercusiones regionales, como nacional e, incluso, dentro de su propio partido, han cambiado sustancialmente. Algunos indicios nos permiten sospechar que las grietas en la coalición de fuerzas y personalidades políticas que llevaron al poder a los hermanos Arias se evidencian, como las recientes declaraciones de un crispado Fernando Berrocal parecen indicar. Por lo que no sería extraño que, a medida que avancen estos dos últimos años de gobierno, el poder de los Arias podría estar acusando un significativo desgaste.
Pero, ¿en virtud de qué criterios, por no decir intereses, fundamentales se regirán las decisiones más importantes que asuma el gobierno a medida que se vaya acercando su fin? Plantearse esta cuestión es, tanto mas importante para los destinos democráticos del país, cuanto que el propio Oscar ha caracterizado su segundo periodo como “una tiranía en democracia”. Esto me hace temer que nunca, desde los ya añejos tiempos de la dictadura de los hermanos Tinoco, nuestro régimen democrático, de que tanto nos enorgullecemos los costarricenses, se haya visto tan seriamente amenazado.