Arnoldo Mora

Arnoldo Mora

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Viernes 28 Junio, 2013

Hoy la fuente del poder no está tanto en el dinero ni en la fuerza militar sino en la información y el conocimiento. Tiene más poder quien sabe que quien ignora


Transparencia y democracia

La lucha por la libertad de pensamiento y el derecho a expresarlo libremente se dio desde las primeras revoluciones liberales en el s. XVII como una lucha en contra del despotismo. Por eso la prensa se ha convertido con frecuencia en un vehículo de crítica a la opresión.
Con la aplicación de la revolución científico técnica a la comunicación desde finales del siglo XIX, el poder de los medios creció exponencialmente, a lo que contribuyó la alfabetización de las masas populares. Por desgracia, fueron los regímenes terroristas de Occidente quienes primero comprendieron la utilidad y el poder de esos instrumentos para la propaganda y “legitimación” de sus abyectas ideas. Tal fue el caso paradigmático de la Alemania nazi y el uso que Goebbels, el ideólogo más importante al lado de Hitler, hizo de la radio.
Más recientemente, los avances de la revolución científico tecnológica han llegado a niveles que solo en ciencia ficción podíamos barruntar. Tal es el caso de internet. Nuestra época es la primera en la historia que logra ser absolutamente contemporánea de sí misma; no hay rincón del planeta que no pueda ser cubierto por la información en el momento mismo en que se están dando los acontecimientos.
Más que amanuenses, los comunicadores son hoy testigos y no pocas veces protagonistas de los hechos más significativos que pueblan la crónica histórica.
Pero la misma revolución científico técnica tiene como principal consecuencia política una ampliación del ámbito de la democracia. Hoy la fuente del poder no está tanto en el dinero ni en la fuerza militar sino en la información y el conocimiento, haciendo realidad aquello de que tiene más poder quien sabe que quien ignora.
El poder que de allí de deriva es tal que ya no hay secretos que se puedan ocultar. Esto ha hecho que los medios se hayan convertido en un poder fáctico que sirve tanto para denunciar los abusos del poder, sea político, financiero, religioso, o tecnológico, como para servir a las causas más abyectas, porque la más poderosa arma de que dispone la tiranía es el silencio cómplice causado por la corrupción o el terror de los que saben y la indiferencia o la ignorancia de los ciudadanos considerados “respetables”, como lo señalaba Martin Luther King.
Por su parte, los detentadores del poder aducen estar amparados en “derechos” universalmente reconocidos. Los Estados alegan, para no revelar información, el deber de resguardar la seguridad de la Nación; el poder financiero se refugia en el “secreto bancario”.
Es dentro de este contexto que debemos valorar la labor de Wikileaks y Anonymous, o del soldado y el del exagente de la CIA que han dado a la publicidad millares de documentos, ninguno de los cuales constituye una amenaza real a la seguridad del pueblo norteamericano. Todo lo contrario, han puesto de manifiesto las violaciones a los derechos humanos, no solo de países que Washington considera “terroristas”, sino de los propios norteamericanos. Solidarizarnos con quienes denuncian estos abusos es defender la más auténtica expresión de la democracia desde sus orígenes históricos.
 

Arnoldo Mora