¿Quién no aspira a sentirse seguro en su vida en comunidad? ¿Quién no desea poder caminar por ciudades y campos sin ser inquietado? ¿Quién no se ve impactado por el asesinato de hombres y de mujeres cuando una moto alcanza a un individuo y el pasajero de atrás lo asesina fríamente disparándole hasta acabar con su vida?
Han quedado atrás los días en los que el robo que sobresaltaba al pueblo era cuando un ratero se robaba el saquito del pan que colgaba de la perilla de la puerta de alguna casa. Tan solo queda en los recuerdos y en las anécdotas el cuento del robo del periódico de algún domicilio. Casi divertido resulta pensar en la “escalada de violencia” en la que lo bolseaban a uno en la “cazadora” rural o en el camión Sabana- Cementerio. La inseguridad en nuestros días comenzó manifestándose lentamente hasta llegar a asesinatos, a robos también con agresiones y lesiones graves. Cuando los niños y sus padres, en sus casas, comenzaron a ser heridos de bala como víctimas colaterales de los ajustes de cuentas de pandillas con un sicario o un cobrador de un grupo competidor de narcomenudeo la ciudadanía comenzó a vivir en alarma. Las autoridades siguieron manteniendo una inactividad y una calma que muchas personas comenzaron a considerar ofensiva para la ciudadanía.
La lucha contra el crimen organizado, apertrechado éste con armamentos modernísimos, con comunicación expedita, con movilización rápida y variada es el equivalente a una guerra intestina. No puede el país ni pueden las comunidades involucradas en ese proceso de espiral de inseguridad, esperar que policías armados con un garrote, escasos en número y con entrenamiento muy limitado, pueda controlarlo, dominarlo y acabarlo finalmente.
La organización de nuestras fuerzas públicas, con el perfil y con el actual entrenamiento, preparación y armamentos, está lejos de ser la herramienta del estado para enfrentar la amenaza a la seguridad de ciudades y campos que se cierne sobre el país hoy día. La responsabilidad del orden público y de la persecución del delito es del Poder Ejecutivo y no de la Asamblea Legislativa ni del Poder Judicial.
Más entrenamiento, mejor armamento, mucho mejor dirección, oficialía profesional salida de las mejores academias policiales del mundo, así como el ajuste consciente de las leyes del país a la presente encrucijada resultan indispensables. Ocurrencias como las de allanamientos sin orden judicial deben descartarse por sus consecuencias sociales y de derecho.
Demagogia con acusaciones de militarización, gorilas, asesinos y otros calificativos soeces son mecanismos de distracción y carnadas para que caigan las fuerzas del orden en peleas de prensa y se abstengan de dar las luchas de calle que son indispensables.
La organización de una oficina de inteligencia policial de primer mundo resulta de altísima prioridad. Una eficiente red de informantes, una señora red que permita conocer con rapidez delitos en preparación. El dónde, el cómo y el cuándo de las movidas criminales resulta trascendental. Mejor comenzar ya que tardarse mucho. Mejor ir adelante que ir detrás de la jugada.
Con la ayuda de expertos y con la asistencia de asesores extranjeros y personas que han estado enfrentando el crimen organizado es menester revisar la renovación del armamento, de los vehículos, de los chalecos antibalas y otros pertrechos. No es cuestión de renovarlos todos de golpe, pero tampoco es asunto de ver el equipo envejecer y aumentar la disparidad y la desventaja frente a las bandas y el crimen organizado. En todo esto resulta muy importante luchar contra la posible infiltración de los delincuentes en la inteligencia y fuerzas policiales. La infiltración de la oficina de inteligencia y de las jefaturas policiales es un problema mayor que debe de ser enfrentado frontal y decididamente.
Cuando tenemos una larga jornada por delante debemos madrugar e iniciarla tempranito. No dejemos para muy tarde la atención de nuestras obligaciones. Una vez que éstas se hayan hecho obvias en su necesidad de resolución hay que aprestarnos con espíritu de urgencia a darles respuesta y un fin adecuado al entorno y a nuestros propios recursos. Las consideraciones de idiosincrasia deben también de ser atendidas con una buena actitud, paciencia y razonamientos convincentes.
La jornada y las soluciones en sociedad pasan por un proceso de apercibimiento social de necesidades y respuestas adecuadas. No se puede pasar por encima de la forma de sentir, de pensar o de actuar del costarricense y no se puede dejar de poner solución a los problemas, es menester un equilibrio.





































