Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 17 Marzo, 2008

Se venden niños

Claudia Barrionuevo

Inútil negar que vivimos inmersos en la sociedad de consumo. Difícil resistirse. Imposible ignorarlo. No soy una compradora compulsiva pero debo reconocer que muchas veces me venden productos que no necesito. Me los venden por televisión, radio, periódicos, vallas.
Uno se resiste pero no siempre logra autoconvencerse de que por más que uno use ese champú jamás tendrá esa melena lisa y brillosa (que en realidad uno no ha visto jamás en la vida real y posiblemente sea un efecto de photoshop).
Si a uno le preocupa el medio ambiente hay envases reciclables, latas de atún que aseguran proteger a los delfines, aerosoles que no dañan la capa de ozono, en fin que se puede ejercer el consumismo con la conciencia ecológica tranquila.
A mí no me importa que me vendan jabones con crema humectante, pasta de dientes que mantienen el aliento fresco todo el día o detergentes que protegen la ropa. Está bien. Lo que no soporto es que pretendan venderme espiritualidad. Y abundan los filósofos con nombres extraños y excelente mercadeo que se hacen ricos vendiéndonos el Secreto de la felicidad, de la nueva vida o del equilibrio interno.
Ahora, sin lugar a dudas hay algo muchísimo peor: la venta de seres humanos para cualquier propósito. Lucrar con la vida de los otros es un pecado imperdonable.
La ambición desmedida impulsa a personas de poca conciencia a vender lo que sea para consumir cualquier cosa. A uno se le eriza la piel cuando el “producto” a vender son los niños.
Imaginar a un intermediario de semejante transacción aterroriza. Después de todo su negocio está sustentado en el dolor de dos mujeres, la que da en adopción y la que adopta.
Mujeres pobres que en su desesperación económica optan por entregar a su hijo recién nacido a cambio de unos pocos pesos que apenas si le alcanzan para sobrevivir un par de meses.
Mujeres que físicamente no pueden ser madres y sueñan con tener un bebé
Los intermediarios sencillamente se valen de la ley de la oferta y la demanda: lo que se ofrece y se demanda es un bebé.
Algunos dicen que adoptar por medio del Patronato Nacional de la Infancia es lento y engorroso. Puede ser. Eso no justifica la venta de niños sin la supervisión de dicha institución que tiene la misión de proteger a todos nuestros pequeños.
Porque en el mejor de los panoramas, los niños van a parar a la casa de una pareja que les brindará buenas condiciones emocionales.
En el peor el destino de los infantes puede ser tan terrorífico que uno prefiere no imaginárselo.

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