Cada día, cada año, cada época nos trae sus propios retos.
El reto del día, del año, de la época es el más importante para quienes lo viven.
Sin embargo, me atrevo a considerar que hoy vivimos retos más demandantes que en otros tiempos.
Los retos propios de un cambio de época que se da por la cantidad y la profundidad de las muchas trasformaciones que ocurren simultánea y aceleradamente en las relaciones humanas, en la familia, en las estructuras nacionales e internacionales, en la geopolítica mundial, en las formas de gobernar y en la conducción e impacto de las instituciones internacionales, en las maneras como nos comunicamos e intercambiamos, en la tecnología, en las instituciones comunales, locales y nacionales.
Esa confluencia de cambios importantes y veloces hace que aumente la incertidumbre y disminuya el abrigo de nuestro arraigo en lo familiar, lo que nos causa miedo y enojo, y precipita a los pueblos en búsqueda de soluciones fáciles, casi mágicas, que desdichadamente no son efectivas.
Así recibimos el Nuevo Año 2026.
Han desaparecido las certezas de finales del siglo XX cuando creíamos que las naciones convergeríamos en aprecio a la dignidad y a la libertad de todas las personas y a la solidaridad entre todos, a la democracia liberal con su estado de derecho, a la institucionalidad internacional y al comercio entre las naciones ordenados por reglas generales preestablecidas.
También se ha debilitado el optimismo costarricense, la confianza en nuestra excepcionalidad y la seguridad en nuestra pauta de desarrollo.
En estas condiciones los costarricenses cambiamos de año y tenemos elecciones nacionales dentro de poco más de un mes.
¿Cuáles son nuestros principales retos?
Respondo desde mi subjetiva consideración que trato de que sea al menos informada.
Creo que el reto primordial es fortalecer el trato amable, solidario y respetuoso entre nosotros, pues ese trato es indispensable para oírnos y dialogar y así permitir que opere la solución costarricense que desde la independencia nos ha permitido progresar y vencer circunstancias difíciles y muy demandantes.
Esa solución costarricense que por años he venido pregonando consiste en la capacidad de atender no solo las necesidades del día, sino también prever los problemas que nos traerá el mañana lo que implica usar bien el conocimiento disponible y no dejarnos ofuscar por los prejuicios.
También consiste en lograr unirnos para ponernos de acuerdo y ejecutar las mejores acciones para vencer los problemas.
Difícilmente podremos seguir esa receta exitosa de nuestros antepasados si lo que impera es el odio, el antagonismo, la división, el irrespeto y el maltrato.
Sufrimos serios problemas por la inseguridad ciudadana y el crimen; por la pobreza y la desigualdad; por la falta de calidad, pertinencia y cobertura de nuestra educación y de los sistemas de formación laboral; por las filas y carencia de especialistas y de espacios en nuestro sistema de salud; por la poca generación de buenos puestos de trabajo formales; por las dificultades de nuestra agricultura y la industria tradicionales; por la necesidad de adaptarnos al cambio climático y a la descarbonización y de defender la riqueza de nuestra naturaleza; por el costo de la generación eléctrica; por la falta de calidad de muchos servicios públicos y de competencia, productividad e innovación en muchos sectores de la producción privada.
Sin duda los problemas de hoy y de mañana incluyen la necesidad de transformar nuestra institucionalidad para que pueda ser más eficiente el uso de nuestros recursos públicos y privados. Asimismo, debemos atender las enormes diferencias de productividad y de oportunidades que generan el régimen de comercio preferencial y el tradicional y que nos dividen en la Costa Rica de la costa y la rica.
Son muy demandantes retos. Pero nuestra historia desde la independencia nos demuestra que podemos ser optimistas. No tendremos éxitos inmediatos ni fáciles. Eso es mentira.
Pero con fe en Dios y con amor entre nosotros podremos vencer los grandes retos que enfrentamos, si nos empeñamos en lograrlo como lo hicieron nuestros tatarabuelos y padres, unidos, con conocimiento y diálogo, con participación y creatividad.





































