El respeto se gana, pero es producto de muchas variables. Educación, prudencia, buen trato, actitud receptiva, intercambios en los que se escucha más de lo que se habla, éstos y muchos más son condicionantes y generadores de respeto.
Don Ricardo Jiménez Oreamuno era una persona de gran sabiduría popular, de grandes y pequeñas anécdotas de vida. Los costarricenses lo escuchaban y su palabra era muy atendida. Se ganó la admiración de sus conciudadanos respetándolos, interpretándolos y entendiéndolos. De una gran educación y cultura nunca hizo ostentación de ella innecesariamente ni aplastó a sus adversarios con la misma. Le hablaba al país con la verdad y si alguien le hubiera sugerido mentir, con seguridad se habría escandalizado, rechazándolo.
Don Cleto González Víquez fue un ser notable. Su patrón de comportamiento fue similar al de don Ricardo. Su sabiduría popular la había adquirido de la convivencia en Barva, de ir descalzo a las cogidas de café, de haber conocido y querido a las personas con las que se relacionó. Lector, culto, abogado notable, don Cleto nació en la pobreza y después de su ejercicio presidencial quedó otra vez pobre y tuvo que levantarse a base de trabajo y sobriedad. Esto era notable y los costarricenses lo habían visto y vivido a la par suya. Un hombre de bien que en la crisis de la depresión de 1929 vendió los automóviles de gobierno conservando tan solo el del Ministerio de Relaciones Exteriores. Con frecuencia y regularidad los pasajeros del tranvía de San José lo encontraban sentado detrás del conductor. Cuando él abordaba las personas se ponían de pie y se quitaban el sombrero los caballeros que lo portaban.
No se concibe a don Ricardo ni a don Cleto gritando ni maltratando a sus adversarios o a sus conciudadanos. Sin escoltas, generalmente a pie o a caballo recorrieron Costa Rica. Cuando los costarricenses se los encontraban caminando en alguna acera de Heredia, Cartago o San José les cedían el paso e indefectiblemente los hombres se descubrían. Fueron figuras respetadas siempre y los costarricenses lo fueron recíprocamente en todo momento. La admiración que los habitantes de estas tierras sintieron por ellos es la clara señal de cómo fueron en su relación con los conciudadanos.
Don José Joaquín Trejos Fernández fue otra figura formidable cuya buena educación y trato con sus semejantes marcó una época en el país. Cuentan que alguna vez en una cena sirvieron camarones y él se excusó, no comía camarones. El plato principal era un pollo que él también declinó. La cocinera de la casa de muchos años llegó a la mesa y acongojada le preguntó qué deseaba cenar, pero el “Señor Presidente” más bien se disculpó con ella y le dijo que le trajera un plato servido como el que ella comía en el campo. Así fue, y todo se suavizó en cariño y cordialidad, con las maneras de un señor aprendidas en la cuna. La cocinera derramó unas lágrimas y el derramó unos cumplidos agradecimientos.
Don Mario Echandi Jiménez era una persona llana, amable, de floridas anécdotas y de un trato personal exquisito. El menú para él era normalmente jamón serrano con trocitos de melón, también frijoles sin arreglar. Sin pretensiones, vestido con su chaquetón reminiscencia de la forma de vestir de años atrás en los campos, bebía whisky Cutty Sark o J &B. Nunca fue escuchado decirle a otra persona una grosería, decir una mala palabra o hacerle un gesto de agresión o de rechazo a nadie. No conoció la arrogancia ni la ostentación. Conoció el buen gusto y las formas personales exquisitas en su trato con las gentes. Para demostrar sus argumentos tenía un archivo enorme de recortes de prensa de los que se valía. Don Mario por años condujo pickups, un Renault R10 descuidado, jamás fue escoltado por motos con sirenas a todo galillo, patrullas abriendo campo y estrujando a sus electores o a sus conciudadanos, estorbándoles en forma alguna. Un gran señor.
Podría decir de muchos otros cosas similares o mejores. Ilustro la conducta de quienes nos formaron y nos dejaron por legado educación, buenas formas y mejor trato. Se ganaron nuestro respeto y fueron respetados siempre. Han pasado los años y esa tradición ha prevalecido, aunque tiende a debilitarse en años recientes.
La receta del país siempre fue respeto y consideraciones de los grandes hombres para ganarse el respeto y las consideraciones de los costarricenses. Porque siempre se ha dicho que gobernar es educar y se educa con la palabra y con el ejemplo. Ellos lo hicieron, nos formaron y nos ofrecieron una forma de gobernar de altura. Ellos forjaron una formidable forma de conducir a Costa Rica y lograron una armónica convivencia buscando la unidad de la familia costarricense.





































