Costa Rica celebra a sus deportistas cuando ganan medallas, rompen récords o nos representan con dignidad en el exterior. Los aplaudimos en el aeropuerto, los invitamos a programas de televisión y los convertimos en símbolo de orgullo nacional. Pero la pregunta incómoda es otra: ¿quién los sostiene cuando no hay cámaras, cuando entrenan en las madrugadas, cuando necesitan pagar nutrición, fisioterapia, viajes, equipamiento o simplemente vivir?
El deporte de alto rendimiento en nuestro país sigue dependiendo, en muchos casos, del sacrificio familiar, rifas, colectas y pequeños patrocinios que no siempre alcanzan. En muchos casos, la pequeña soda de una comunidad ofrece el patrocinio de alimentación a quienes practican deportes y muchas veces, su marca no aparece en los productos de mercadeo. O la ferretería o cualquier negocio que tiene sensibilidad por el esfuerzo que hacen las y los atletas. Porque la práctica de los deportes no discrimina por status social, pero si por acceso a recursos. No hablamos solo de fútbol. Hablamos de atletismo, natación, ciclismo, baloncesto, surf, artes marciales, gimnasia y tantas disciplinas donde jóvenes talentosos enfrentan más obstáculos financieros que rivales en la competencia.
El Estado tiene una responsabilidad clara: el deporte no es un lujo, es política pública de salud, prevención, disciplina y cohesión social. Cada colón invertido en deporte es un colón que se ahorra en violencia, enfermedades crónicas y exclusión. Pero también es cierto que el presupuesto público es limitado y que el desarrollo deportivo requiere una alianza más robusta con el sector privado. Sin embargo, podríamos aplicar el sentido de la creatividad para que los fondos del ICODER puedan incrementarse y que no dependan exclusivamente de la coyuntura fiscal y de decisiones presupuestarias anuales.
Aquí surge un debate que durante años ha sido casi tabú: ¿estamos en el momento de reabrir la discusión sobre el patrocinio de bebidas alcohólicas en el deporte, como ocurre en muchos países desarrollados? En ligas europeas, en eventos internacionales y en competencias de alto nivel, marcas de cerveza o vino patrocinan equipos y torneos bajo marcos regulatorios estrictos. No se trata de promover el consumo irresponsable ni de dirigir publicidad a menores; se trata de reconocer una realidad económica global y analizar si, con reglas claras y límites éticos, podría convertirse en una fuente adicional de financiamiento para nuestros atletas.
La pregunta no es simple y requiere madurez. Debe abordarse con criterios de salud pública, protección de la niñez y responsabilidad empresarial. Pero también con realismo: si queremos más podios, más infraestructura y más oportunidades para jóvenes talentos, necesitamos ampliar la conversación sobre cómo se financia el deporte en Costa Rica.
Gobierno, empresas privadas, federaciones y sociedad civil debemos sentarnos en la misma mesa. El deporte no puede depender de la buena voluntad ocasional. Necesita estrategia, incentivos fiscales, transparencia y reglas claras para el patrocinio.
Nuestros atletas ya hacen su parte. Tal vez llegó el momento de que el país haga la suya, incluso atreviéndose a discutir temas incómodos. Porque el verdadero apoyo no se mide en aplausos, sino en estructuras sostenibles que permitan que el talento florezca.





































