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Tenemos un Estado mal administrado, con clientelismo político, amiguismo y falta de controles y verificación de resultados

Privilegios para indignarse

Cual si fuera una familia donde se privilegian unos hijos en detrimento de otros, los gobiernos han venido permitiendo que los salarios para algunos funcionarios del sector público sean, en muchos casos, muy superiores a los que se pagan a los trabajadores del sector privado por labores semejantes.
Como si esto no fuera suficientemente injusto, a los empleados públicos en general no se les obliga al alto rendimiento que sí se exige a los de las empresas privadas. Esto se puede inferir aunque no haya sistemas de control efectivos que midan ese rendimiento, porque si este fuera bueno, es obvio que las instituciones del Estado brindarían un excelente y ágil servicio, lo cual sabemos no es realidad.
Es decir, que además de tener un puesto de trabajo asegurado a pesar de un mediocre o mal rendimiento, a muchos funcionarios públicos se les premia con mejores salarios que a sus homólogos en la empresa privada. Sabemos que por otro lado hay muchos soportando equivocadas decisiones políticas e injusticias por amiguismos, por encima del conocimiento técnico.
Una situación indignante a todas luces. Un Estado que padece los efectos de la mala administración, del clientelismo político, de manejos por amiguismo y de falta de controles y verificación de resultados, en una demostración de irresponsabilidad y falta de escrúpulos por parte de las autoridades, a las que la población elige justamente para que vigilen que no se cometan injusticias como esas en el uso de los recursos públicos del país.
Y una vez instaurados la inequidad y el caos de la mala administración, nadie quiere asumir la tarea de cambiar las cosas porque es mucho más fácil pedir más dinero para el fisco que enderezar los desbalances originados en el despilfarro y la injusticia.
No es solo este gobierno el responsable, desde luego, el asunto se viene “engordando” desde hace tiempo, incluso con miles de nuevos nombramientos que aumentaron el déficit.
Cabe, una vez más, la misma pregunta que hasta la fecha nadie responde cada vez que en este mismo espacio se formula: ¿habrá algún día un gobierno con las agallas, la honestidad y la falta de pereza necesarias para emprender la reforma que el Estado necesita, no para debilitarlo, sino para que se convierta en profesional y eficiente?
Hasta el momento esa pregunta nadie la responde. La realidad demuestra que se busca conservar el clientelismo político y nada más.
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