No existe democracia sin parlamento, ni parlamento sin oposición. La oposición es consustancial con la democracia. No podemos desear ni esperar siquiera que la diferencia de opiniones y de prioridades, al igual que la discrepancia en las convicciones no exista en el parlamento. Es el liderazgo del gobernante y la negociación política de los jefes de fracción la que conduce la discrepancia hacia una coincidencia. Es el liderazgo el que genera unidad y coincidencias. El pleito generalmente imposibilita llegar a consensos. El insulto y la descalificación abre brechas y muchas veces crea revanchas y desquites.
Con mucha frecuencia personas responsables, demócratas e idealistas señalan que su esperanza es que las bancadas no oficialistas no se opongan, que no discutan, que no busquen adversar ni bloquear proyectos propuestos por el gobierno o por los diputados oficialistas. En realidad, están esperando lo que no se dará ya que la oposición por naturaleza debe de buscar, modificar o ajustar los proyectos de ley a lo que considera son su interpretación de los más valiosos principios e intereses del país.
La oposición y el principio de negociación marchan juntos, por lo que todo este entuerto se termina de resolver negociando, ajustando, renunciando a que las cosas marchen exclusivamente como quiere uno de los grupos parlamentarios, para que marchen como lo quieren los diferentes grupos en conjunto que componen la Asamblea Legislativa.
Hay que recordar y no perder de vista que la democracia es el sistema en el que la mayoría aprueba y decide, pero con representación de las minorías. Así las cosas, siempre tendremos una minoría que tercie en las decisiones y matice las leyes aprobadas con su perspectiva, con sus intereses, con su preferencia política y social. Esto no es malo, es muy positivo, pues así las reglas y leyes sociales serán de aceptación y satisfacción de todos. Esto hará que la permanencia de las leyes en el tiempo sea más estable y sobrevivan vigentes más tiempo.
Cuando un grupo posee la mayoría, la negociación no concluye, ya que dentro de los mismos diputados del oficialismo habrá voces de discrepancia y debate interno sobre los asuntos sometidos al parlamento. Esto es lógico, resulta de la naturaleza humana y sabemos cómo las discrepancias dentro del hogar se dan y se reiteran. En consecuencia, debemos volver a pensar dentro del marco operativo de la democracia y esperar que unos y otros piensen diferente y tanto el liderazgo legislativo como el presidencial conduzcan a limar diferencias para lograr de manera consensuada las decisiones legislativas.
Democracia y decisión unilateral son excluyentes. Democracia efectiva y de decisiones prontas y unánimes solo se produce muy pocas veces. En la monarquía la voluntad del rey era el final de toda opinión, pero el despotismo ilustrado de Fernando VII terminó en 1821 y fue decisión de los costarricenses vivir en democracia desde el Pacto de Concordia.
Podemos esperar que la super mayoría obtenida por la señora presidente permita sacar adelante muchos proyectos y que su liderazgo nos lleve a guiar al país por la senda de concordia y democracia que escogimos desde el inicio de nuestra república.
Una dama en la presidencia, de seguro, con mano firme y espíritu de entendimiento logrará mucho más que la permanente confrontación que vivimos en el pasado reciente. Siempre debemos recordar que un clima favorable al entendimiento no se consigue en confrontación permanente. Nadie puede creer que es posible alcanzar un buen clima para la función legislativa en abierta y sostenida discordia.
Un clima de diálogo y de generosa apertura a las ideas de todos los grupos va a asentar el clima debido para que todos los interesados converjan y se entiendan con facilidad. La amistosa convivencia es un formidable catalizador de diálogo y entendimiento.
Los nuevos líderes políticos de Costa Rica deben de estar claros que la hostilidad y la agresión mutua no contribuyen a una reflexión serena y generosa a la hora de analizar y decidir sobre nuestras leyes.





































