Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 3 Diciembre, 2014

Nos corre por las venas democráticas la profunda savia de la convicción de querer seguir siendo un país sin ejército


Hablando Claro

Nuevas armas

La vida social —como la personal— es un desafío constante de mejora que nos obliga a hacernos no solo merecedores de la herencia que recibimos sino también de la tarea que nos ha sido dada para mejorarla y dejarla a nuestros hijos y nietos. Y a los hijos de sus hijos.
El lunes conmemoramos los 66 años de la Abolición del Ejército. Esperamos que el viejo proyecto de ley que pretende convertir en feriado el primero de diciembre sea finalmente aprobado, porque aun cuando se trate de una fecha que pisa los ajetreos de fin de curso con el inicio de la Navidad, es menester marcarla en el calendario cívico.
Respecto del entorno del 48, los historiadores nos recuerdan que nuestra institución castrense ya estaba bastante venida a menos cuando, imposibilitado de reforzarla a falta de recursos, don Pepe Figueres tuvo la visión necesaria para aceptar el sabio consejo de don Édgar Cardona y adoptó la decisión política de transformar nuestra fuerza armada en una guardia civil. Y nos cambió la historia.
Aquella nación incipiente y descalza que era la Costa Rica de finales de los cuarenta, selló con su constituyente de 1949 un acuerdo político de todos los actores que establecieron como hilo conductor de nuestro pacto fundamental que seríamos país sin ejército. Un país que depositaría por siempre la confianza de su defensa en la fuerza del derecho internacional.
Como a todo costarricense, se me hincha el pecho de orgullo cuando comento ante amigos extranjeros (o cuando alguien más lo resalta) que somos una especie de rara avis de la aldea humana. Un país que no tiene ejército y que por tanto, decidió destinar sus poquitos y valiosísimos recursos a la educación y la salud.
Claro que ciertamente no nos apuntaló en nuestros derroteros únicamente la decisión de eliminar el ejército. Muchas otras determinaciones de política social y económica de décadas pasadas, nos terminaron de hacer una nación particular.
Pero no podemos seguir viviendo de los réditos pasados. Sin olvidar nunca las improntas que nos definieron, ahora tenemos la obligación de marcar nuevos hitos.
Por supuesto, no me refiero a esas pocas voces que en los últimos años argumentan que frente a los desafíos de la delincuencia y el crimen organizado nos llegó la hora de armarnos cada uno en su propia defensa.
Por suerte, estoy convencida de que a nosotros nos corre por las venas democráticas la profunda savia de la convicción de querer seguir siendo un país sin ejército.
Ahora, eso sí, debemos empuñar nuevas armas para buscar el rumbo de la equidad y las oportunidades para desarrollarnos todos con las capacidades y el potencial que tenemos, entendiendo que ciertamente hay nuevos peligros, pero también numerosas oportunidades.
Si fuimos capaces ayer de dejar las ataduras del armamentismo, hoy debemos ser capaces de deshacernos de las cadenas mentales/ideológicas que nos están impidiendo avanzar.

Vilma Ibarra