Clase en la escuela de secundaria del distrito de Bayi en la ciudad de Nyingchi, un centro modélico de enseñanza y residencia para los niños tibetanos. Foto Sergi Lara
Con un tamaño equivalente al de la unión de Francia y España, con una altitud media que ronda los 4.500 metros sobre el nivel del mar y con una población de apenas 3 millones de habitantes, la Región Autónoma de Xizang es uno de los territorios más enigmáticos no solo de China, sino del mundo. Los datos sobre su extenso tamaño, sobre su altitud media y sobre su baja densidad de población, confirman que la vida allí no ha sido ni es nada fácil. La vasta meseta del Tíbet, flanqueada al sur por la cordillera del Himalaya donde se alzan las mayores montañas de la Tierra que superan los 8.000 metros de altitud, actúa como una colosal muralla que impide las lluvias monzónicas procedentes del océano Índico. Asimismo, el terreno seco y frío hace que la agricultura no sea nada favorable allí. Solo los grupos de pastores seminómadas con sus rebaños de ovejas, cabras y yaks han sobrevivido en estas duras condiciones de vida a lo largo de la historia.
Cuando en el año 2010, hace justo 15 años, yo escalaba montañas por encima de los 5.000 metros de altitud en la parte del Himalaya de Nepal, me encontré en una ocasión con pastores tibetanos que cruzaban la cordillera para vender productos como pieles de yak y objetos de decoración budista. En aquel momento pensé que el retraso socioeconómico del Tíbet respecto a la India y Nepal era algo muy real, pero al mismo tiempo me atraía enormemente descubrir su autenticidad. En cualquier caso, la cultura tibetana es la que impera en gran parte de la cordillera del Himalaya, principalmente en las mayores altitudes donde el ser humano puede sobrevivir, tal como había constatado en diversos valles nepalíes entre el Monte Everest y el macizo de los Annapurnas. Ese carácter ancestral, cargado de espiritualidad y simbolismos, es algo que te atrapa desde el primer momento.
Hace unos pocos días completé mi primera visita al Tíbet chino, el territorio administrativo que se conoce como Xizang, topónimo que significa “tierras del oeste”, hoy una de las cinco Regiones Autónomas de la República Popular China. Uno de los primeros datos que recopilé durante esta visita fue el de la finalización del tramo de autopista que une la ciudad de Nyingchi con la capital de Lhasa, unos 400 kilómetros que desde 2020 se pueden recorrer cómodamente en 4 horas de viaje en autobús, a diferencia de las 12 horas de viaje que se necesitaban antes de aquel año a través de 800 kilómetros por carreteras de montaña. Y este dato demuestra que el progreso chino en general está íntimamente ligado a la construcción masiva de infraestructuras durante los últimos 25 años.
Otoño en el lago de Basomtso, una de las joyas naturales de Xizang que cuenta con toda la infraestructura para acoger al turismo nacional e internacional. Foto Sergi Lara
En la ciudad de Nyingchi, a unos 2.800 metros de altitud, es donde inicié propiamente mi viaje por las tierras tibetanas, capital de una de las siete prefecturas administrativas en las que se divide la región de Xizang. Justo a finales del pasado mes de octubre se celebró en esta ciudad la octava edición del Foro de Desarrollo de Xizang que ha coincidido este año con el 60 aniversario del reconocimiento como Región Autónoma. Dicha prefectura es conocida como “la Suiza tibetana” gracias a sus bosques, ríos y lagos, unos paisajes más coloridos visualmente que los de zonas más elevadas. Pero más allá del atractivo del enclave, lo principal aquí fue confirmar de primera mano que el desarrollo socioeconómico que se vive en toda China es un hecho indiscutible.
En la misma ciudad de Nyingchi me gustó especialmente un centro educativo para alumnos de secundaria, que puedo considerar como de “escuela modelo”. En este centro que cuenta con una fantástica pista de atletismo y una residencia que garantiza alojamiento y manutención con total cobertura pública, el programa educativo está pensado para dotar de los mejores recursos al alumnado a través de salas polivalentes que combinan el uso de la lengua tibetana, el chino mandarín y nociones de inglés. Es bien seguro que a partir de estas nuevas generaciones ya no se volverán a ver a pastores tibetanos cruzando la cordillera del Himalaya para vender productos a sus vecinos nepalíes.
A unos 100 kilómetros de Nyingchi por la carretera hacia Lhasa, una parada imprescindible es el gran lago de Basomtso de origen glaciar, encajado dentro de un abrupto valle que estos días pasados presentaba los mayores contrastes de color gracias al cambio de hoja otoñal de los bosques caducifolios. En este lago de 15 kilómetros de largo por 3 kilómetros de ancho, el visitante cuenta con servicios turísticos como restaurantes, embarcaciones de recreo y diversos senderos, destacando la pasarela que da acceso a una isla coronada por un antiguo monasterio budista. Un enclave muy escénico con similitudes a los lagos de alta montaña de algunas partes de Europa, que literalmente tiene reconocimiento como “destino turístico 5 estrellas” dentro de una categorización internacional de destinos turísticos.
Con un ejemplo como el del lago de Basomtso se demuestra el interés de las autoridades de la Región Autónoma de Xizang para posicionar al territorio dentro de un modelo turístico con valores sostenibles. No me cabe duda de que la combinación de estos valores sumados a la conservación de la cultura tibetana y la educación de calidad para los jóvenes hará que en poco tiempo la región de Xizang sea vista de otra manera para dejar atrás la idea de un territorio inhóspito o poco accesible. Muy al contrario, mi percepción personal como geógrafo y como profesional relacionado con la industria turística durante casi 30 años, me dice que la China del siglo XXI está repleta de gente bien formada y que sabe lo que hace a la hora de diseñar cualquier producto de uso y consumo. En el caso concreto de la región de Xizang como destino turístico de calidad, estoy seguro de que los técnicos chinos posiblemente han tomado buenas referencias de los modelos más avanzados de turismo de montaña en Europa y en Norteamérica, que conozco muy bien y sobre los cuales he publicado gran cantidad de libros ilustrados y artículos en revistas especializadas.
Pasillo con ruedas de oración budista junto al monasterio de Cuozong, ubicado en la isla del mismo nombre en el interior del lago de Basomtso, un paraje excepcional. Foto Sergi Lara
Pero sin duda, si hay un enclave tibetano que está en el imaginario de cualquier visitante foráneo, ese es el de la ciudad de Lhasa a los pies del mítico palacio del Potala, la antigua residencia de los lamas del budismo tibetano a 3.750 metros de altitud. Un enclave milenario que hoy define muy bien el camino hacia el desarrollo que está viviendo la región de Xizang y China en su conjunto. Si mientras por un lado la modernidad se concibe al servicio de la población y su progreso social, por otro lado, la conservación del patrimonio natural y cultural se erige en motor de progreso económico. Y esta fórmula es tan clara en la ciudad de Lhasa, que la prueba del cambio de paradigma respecto a 15 años atrás se confirma con la llegada de ciudadanos nepalíes para abrir negocios en la capital tibetana, poniendo fin así a la migración inversa a través de las montañas del Himalaya.
La mirada hacia el futuro desde la región de Xizang no puede ser más optimista en este momento. Otras pruebas del progreso social que pude constatar personalmente son las casas de los pueblos completamente reformadas con ayuda de fondos públicos, además del pavimentado de calles y caminos, y por supuesto también la conexión de internet garantizada hasta en lugares remotos. Este contexto de prosperidad ha favorecido a que algunas familias estén dedicando su actividad profesional a la oferta de servicios turísticos para visitantes chinos y visitantes extranjeros. El colofón del viaje justamente se produjo en el interior de la casa de una de estas familias, donde pude disfrutar de la rica gastronomía local, así como de las danzas y canciones tibetanas que transmiten alegría y bienestar. En este sentido creo que los pueblos de montaña en muchos lugares del mundo comparten un elemento fundamental en sus relaciones sociales, como es la hospitalidad sin condiciones, algo que he vivido personalmente en las múltiples cordilleras del planeta que he visitado en todos los continentes. Mi inquietud, pues, por conocer el Tíbet chino, o más concretamente la región de Xizang, ha estado a la altura de lo que esperaba, e incluso gratamente sorprendido por el gran progreso que disfrutan sus habitantes, un territorio que invita a quedarse.
Mujeres tibetanas en el interior del mítico palacio del Potala, en la ciudad de Lhasa, la capital de la Región Autónoma de Xizang donde la modernidad y la tradición conviven con armonía. Foto Sergi Lara





































