Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 29 Octubre, 2014

Aunque la revisión técnica vehicular es un modelo de buen servicio, ahora (con APM Terminals) vamos de nuevo con la misma historia


Hablando Claro

Los mismos fantasmas

Si por la víspera se saca el día, la cuestión va para largo y con visos de complicarse. Es una historia que se repite. Cambian algunos (no todos) de los actores y el eje temático. Pero la historia es la misma. Lo recuerdo vívidamente. Después de todo, qué son 15 años.
Era también aquella una necesidad apremiante de mejorar un servicio público para el que el Estado no tenía los recursos necesarios de inversión. Fue también una licitación pública internacional. Sin duda, el mejor instrumento del que dispone la administración pública para hacer un concurso abierto, con reglas claras y transparentes llamando a todos los posibles interesados a presentarse al país amparados en la seriedad de su Estado de derecho para ofrecerle un servicio.


Fue, como todos nuestros procesos de contratación, uno complejo en el que finalmente una empresa resulta adjudicataria; gana un concurso porque es la idónea para brindar el servicio y tras largos y engorrosísimos trámites, todos considerados necesarios, debería construir a cabalidad y operar con eficiencia, seriedad, disciplina y responsabilidad el servicio contratado.
Se buscaron los terrenos, se construyeron las instalaciones, se importaron equipos de última generación, se contrataron y capacitaron los empleados con los mejores estándares. Por supuesto, la empresa se sometió a cuanta fiscalización era obligatoria y a muchas otras más que se inventaban a veces arbitrariamente porque las presiones de grupos de interés particulares revestidos de clamores de “opinión pública” urgían cumplimientos que nunca resultaban suficientes.
Fue un calvario. Aquel contrato y su operación se convirtió por años; sí, por años, en moneda de curso para reivindicaciones sindicales, asociaciones gremiales y partidos políticos. Todos los que pretendían la anulación del contrato argumentaban el “interés nacional”, el resguardo de la “soberanía”. También aseguraban que el nuevo servicio sería la quiebra inevitable de pequeños talleres y de esforzados trabajadores, que estaban siendo llevados a la ruina por la alquimia de supuestos perversos intereses que atentaban contra la mismísima paz social del país.
No importó que la Contraloría, los tribunales contenciosos y la Sala Constitucional afirmaran docenas de veces que aquel contrato no era una cesión de soberanía, que no implicaba un monopolio, sino la atribución de una potestad del Estado para contratar a un tercero que hiciera un servicio a su nombre.
Se urdieron mil historias. Se generaron todos los temores. Y hasta hubo quienes llegaron a creer que las mentiras completas y las verdades a medias, debían tener algo de razón. Después de todo, decían algunos, cuando el río suena seguro que piedras trae.
Tanto fue el cántaro al agua que en agosto de 2004 se paralizó el país. Fue una huelga absurda. De enormes costos.
Y hoy, después de todo el tiempo transcurrido, vuelvo a escuchar los mismos argumentos. Y aunque la revisión técnica vehicular es un modelo de buen servicio, por lo que ahora sabemos que fue una excelente decisión, vamos de nuevo con la misma historia. Y solo recordarlo me provoca una gran tristeza.

Vilma Ibarra