Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 14 Enero, 2010


De cal y de arena
Lo que se juega el 7 de febrero

En otras circunstancias el tema central del debate de esta campaña política sería la propuesta de trabajo para el siguiente gobierno. Pero por especiales circunstancias el tema trascendental y fundamental es el de la concentración de poder labrada por los hermanos Arias Sánchez. En lugar del debate sobre la visión de país, la concepción de Estado y los planteamientos vertebrales para afrontar los desafíos del desarrollo con equidad y justicia social, lo que está en el centro de la campaña es esa concentración de poder a la medida de un régimen autoritario o —más disimuladamente— de una “dictadura en democracia”. Los aludidos hermanos no se inmutan con la versión de que quieren imponer una dinastía ni se ocupan de desvirtuarla. Más bien don Oscar ha dejado ver gozo por la candidatura de quien tiene como garante de la continuidad de la estructura de poder que forjó con don Rodrigo y por gracia de la cual su influencia se permea en trascendentales resoluciones de los órganos del Estado, para infortunio de la división de poderes y del principio de frenos y contrapesos entre ellos. Con más o menos decibelios sus contestatarios advierten en ello efectos fatales y elevan el tono de la campaña política para recalcar el sentido prioritario de la necesidad de salir al paso de cuanto representan ya no los hermanos Tinoco ni los hermanos Calderón, sino los hermanos Arias. Contenidas las llamas, se abrirán los espacios para poner a salvo, depurar y fortalecer la visión de Estado consagrada en la Constitución Política de 1949 y en particular la concepción del Estado Social de Derecho. Su gran reto —tremendo reto— es convencer a la mayoría del electorado de que hay que derrotar a la candidata oficialista, pintada como la regente llamada a cumplir los designios de los verdaderos dueños del poder.

En la historia política costarricense el continuismo en el poder está marcado por el signo de la violencia y la arbitrariedad. Significativamente, nunca ha podido prolongarse más allá de dos periodos constitucionales por virtud del repudio ciudadano. La gran pregunta es si este 7 de febrero la mayoría votará contra el continuismo de la fórmula concentradora del poder y si comparte la convicción de quienes vemos y tememos la división de poderes reducida a una expresión teórica, la habilidosa influencia para nombrar a los rectores de los órganos de fiscalización y control, la alianza con la oligarquía económica atraída por la magnánima promoción de las concesiones, los grandes conglomerados periodísticos actuando como partidos políticos, la división del adversario mediante el favorecimiento personal y “la operación embarre”. Un modelo que si no es la tiranía en democracia de sus añoranzas, bastante se le aproxima. La suerte de este estado de cosas es lo que se juega el 7 de febrero. Así lo creo.