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Miércoles 1 Junio, 2016

Lo moderno

Los que peinamos algunas canas, hemos sido muy afortunados, al ser testigos de los grandes cambios en la tecnología y en las comunicaciones de los últimos años.
En los años 50 y 60, después de llover durante tres meses seguidos en San Carlos, la ropa no se secaba, al no haber teléfonos, había que mandarle un telegrama a mi abuelo paterno, don Lolo en Sarchí, para que se viniera a recoger las canastas de ropa húmeda, para secarlas al sol en ese lugar.
Hoy en día nadie sabe cómo era un telégrafo y cómo funcionaba. Más tarde vino el teléfono y desplazó el telégrafo y hoy en día en Costa Rica existen 7.111.981 de celulares, o sea 149 celulares por cada 100 habitantes.
En mi barrio San Antonio, allá en San Carlos, solamente don Manuel, el comerciante, tenía televisor en la sala de su casa y nos permitía a los chiquillos, ver la tele por una ventana. Después, con el tiempo, la tele se volvió parte de los muebles de la sala de todas las casas del barrio. Luego vino el cable y desaparecieron las antenas de los techos y ahora, por medio de Internet se puede tener acceso a la televisión, sin interrupciones ni anuncios.
Como premio por pasar al colegio, mi madre me regaló una camarita Kodak, la cual despertó mi afición por la fotografía y me llevó más tarde a aprender cómo desarrollar los rollos e imprimir las fotografías en blanco y negro. Al desarrollarse la fotografía digital y con su incorporación en cada teléfono celular, la compañía Kodak quebró.
Ni que decir de la tecnología: al entrar a la Universidad de Costa Rica en 1970, Matilde, la famosa computadora, permitió en esos años hacer la matrícula de las materias con tarjetas perforadas. Eso era maravilloso.
En 1986, aprendí cómo operar una computadora Keypro de 60 KB que no tenía “mouse”, luego vino el Internet y hoy en día, con el celular en la palma de la mano, tenemos acceso a la última tecnología del mundo.
Alvin Toffler, pensador moderno nos dice que: “… Los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer y escribir, sino aquellos que no puedan aprender, desaprender y reaprender.

Eloy Alfaro Altamirano