LGS, su decálogo de errores
Decía George B. Shaw que “el progreso es imposible sin el cambio, y aquellos que no pueden cambiar sus mentes no pueden cambiar nad...
Decía George B. Shaw que “el progreso es imposible sin el cambio, y aquellos que no pueden cambiar sus mentes no pueden cambiar nada”
Luis Guillermo Solís generó con su triunfo de abril 2014 grandes expectativas. El PAC rompió con 65 años de bipartidismo, sin embargo, es posible que la actual percepción de su gestión también sea la promotora de su regreso, todo a consecuencia de un decálogo de errores.
Primero, decirles en campaña a los votantes lo que querían oír y no lo que debían escuchar. Así asumió responsabilidades y objetivos cortoplacistas de añejos problemas, a lo mejor no pensaban ganar y gobernar, pero la vida llevó a Solís y al PAC a situación tan comprometida.
Segundo, un gabinete sin conocimientos básicos del Estado. Acostumbrado al “deber ser” de la academia y no al “ser” de la política práctica. Sin experiencia y con carga exagerada de muchachos de poco recorrido, que se equivocan con frecuencia y con miedo de tomar decisiones. No hubo meritocracia, fue “academicocracia”.
Tercero, Solís y sus colaboradores no saben sumar. Como malos matemáticos obviaron su debilidad en la Asamblea Legislativa (13 diputados) y creyéndose con fuerza política arrinconaron a la fracción más grande, la del PLN, que junto con la fracción del PUSC suman 26 diputados, ambas acostumbradas a los acuerdos políticos. Cantidad que, bien trabajada, más los diputados del PAC, pudo ser determinante.
Cuarto, a Solís le cuesta pasar de la política a lo político. O sea, del mundo de las palabras al mundo de las decisiones y los hechos. Con grandes contradicciones a lo interno de su gabinete y su fracción legislativa, que tienen como característica principal los constantes choques, que nos hacen preguntarnos con frecuencia: ¿Y dónde está el piloto?
Quinto, confunden comunicación política con informar. Con frecuencia toman decisiones que no se plantean previamente en escenarios ciudadanos ante actores con capacidad de veto. Prometen cosas diferentes a actores antagónicos, complacencia torpe que genera finalmente disgusto generalizado y pocas lealtades.
Seis, gobiernan sin proyecto y sin estrategia. Un gobierno que prometía ser de corte socialista o socialdemócrata de los años setenta, termina siendo un “arroz con mango”. No visualizan un proyecto claro de mediano y largo plazo, lo que exige una estrategia; conformándose con movimientos tácticos cortoplacistas, de coyuntura de conflictos.
Siete, gobiernan en orfandad. Sin partido, sin fracción legislativa, con un gabinete partido en grupúsculos y sin aliados claros en la sociedad civil. Además, cualquier funcionario de segunda o tercera línea se cree con fuerza para cuestionar las acciones presidenciales.
Ocho, débil Ministerio de la Presidencia. Ninguno de los dos ministros que han pasado por esta cartera comprendió su función de director de gabinete. Además, no han tenido la fuerza para orientar y marcarle el paso a su fracción legislativa, mucho menos para ser los voceros presidenciales creíbles ante los grupos de presión.
Nueve, gobierno dubitativo. Se percibe a un gobernante timorato, sin convicciones y dispuesto a cambiar de opinión con facilidad a la menor presión recibida. Todo ello reflejado en ministros y presidentes ejecutivos que medio administran, mas no gobiernan.
Diez, una propuesta de cambio mirando al pasado y no al futuro. Decía George B. Shaw que “el progreso es imposible sin el cambio, y aquellos que no pueden cambiar sus mentes no pueden cambiar nada”.
Claudio Alpízar Otoya
Politólogo