Miguel Angel Rodríguez

Miguel Angel Rodríguez

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Lunes 30 Mayo, 2016

 A mi salida se mantuvo el cambio organizativo que habíamos establecido, pero no el manejo austero y de administración por resultados. Así nunca se logró ampliar el apoyo de los países a la organización


Disyuntivas

Las finanzas de la OEA


La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) sufre una profunda crisis financiera. De no recibir apoyo de los países miembros de la OEA pagando sus cuotas atrasadas o con aportes extraordinarios (entiendo que de Costa Rica se solicitan $50.000), tendría la Comisión que despedir el 40% su personal y dejar de ejercer funciones claves para la defensa de los derechos humanos en nuestro continente.
La protección de los derechos humanos es la más espléndida joya de las realizaciones interamericanas. Pero a pesar de los grandes avances logrados, una de las limitaciones del sistema es la insuficiencia de recursos para que la CIDH y la Corte Interamericana de Derechos Humanos puedan atender como entidades de tiempo completo las demandas por justicia de americanas y americanos.


Debemos todos los países miembros aportar los recursos para la operación normal de la OEA de manera proporcional a nuestra población y grado de desarrollo económico. No conviene que EE.UU. o terceros países asuman las cuentas. En especial, no es adecuado para su tan necesaria independencia, que la Comisión y la Corte se financien con donaciones de terceros.
Cuando asumí la Secretaría General de la OEA tuve muy clara la necesidad de buscar una solución eficiente y permanente a su situación financiera.
Al día siguiente de asumir mis funciones como Secretario General de la OEA me reuní con todo el personal para presentarles la restructuración ya puesta en marcha, y les indiqué los grandes sacrificios que todos deberíamos hacer para solventar el déficit previsto para los dos años siguientes: eliminar 21 jefaturas, reducir los salarios de las jefaturas que se mantendrían, cambiar la organización haciéndola más eficiente y responsable ante los países miembros, suspender los aumentos anuales por dos años, y así poder —con esa tarea cumplida— acudir ante los países miembros para solicitar el aumento de cuotas para cumplir a cabalidad los importantes objetivos de esa institución.
Expresamente les manifesté a los funcionarios que podríamos entonces convencer a los países de América de dotar a la OEA de los recursos necesarios entre otras cosas: “para tener una Organización funcionando a plenitud, para que la CIDH no se reúna unas pocas semanas al año, para que la Corte no se reúna unas pocas veces al año, para que las misiones de observación electoral no tengan que andar mendigando cada vez que van a salir de aquí, a ver quién les da un cinco para ir a hacer la observación. Para que tengamos una Organización que nos permita tener memoria institucional y enfrentar la solución de controversias, para que tengamos creatividad institucional y un conjunto de funcionarios capaces de crear las mejores soluciones”.
Desdichadamente por circunstancias harto conocidas y lamentables no pude continuar en esa tarea. A mi salida se mantuvo el cambio organizativo que habíamos establecido, pero no el manejo austero y de administración por resultados. Así nunca se logró ampliar el apoyo de los países a la organización.
Nuestro país —sabiamente desarmado— depende más que ningún otro del vigor del sistema hemisférico de protección a los derechos humanos y de solución de conflictos.
Por eso corresponde a Costa Rica ejercer liderazgo para fortalecer las finanzas de la OEA y atender ahora prioritariamente las necesidades de la CIDH.

Miguel Ángel Rodríguez