Enviar
Martes 14 Mayo, 2013

Brasil ya demostró que un país puede afianzar un círculo virtuoso de progreso económico y social


La prosperidad compartida es posible

El Banco Mundial, bajo el liderazgo del presidente Jim Yong Kim, ha centrado su atención en la ambiciosa y exigente labor de eliminar la pobreza extrema de la población mundial para 2030 y aumentar los ingresos del 40% más pobre con el fin de promover la prosperidad compartida.
Puede sonar atrevido, pero América Latina podría cumplir estos objetivos antes de tiempo. La región ya ha avanzado significativamente en términos de reducción de la pobreza y sus gobiernos y economías han evolucionado considerablemente, adoptando las reformas políticas, sociales y económicas necesarias para hacerlas realidad. Enfrentados a la mayor desigualdad del mundo, los gobiernos de la región, independientemente de su sesgo político, han convertido en prioridad el objetivo de mejorar las oportunidades de los menos afortunados.


Sin duda América Latina todavía tendrá que hacer mucho más por el grueso de su población que vive como pobre moderado (17%) o vulnerables (35%). Los vulnerables devengan más que los pobres pero, al igual que ellos, carecen de la seguridad económica de la clase media.
Es para estos segmentos que la prosperidad compartida es sumamente crítica. De acuerdo con esta nueva visión —respaldada por autoridades financieras globales durante las últimas reuniones de primavera del Banco Mundial y el FMI— el Banco se enfocará en mejorar las oportunidades del 40% de la población mundial de menores ingresos. Esto significa garantizar que esta población tenga un mejor acceso a servicios básicos como educación y salud.
Brasil, de hecho, ya demostró que un país puede crecer económicamente hasta convertirse en una potencia regional y al mismo tiempo ayudar principalmente a los pobres, afianzando un círculo virtuoso de progreso económico y social.
Por ejemplo, garantizar el acceso a una educación de calidad a niños desfavorecidos aumenta su capacidad productiva y mejora la inclusión social a través de una mayor empleabilidad y productividad. Esto, a su vez, significa un mayor crecimiento, incrementando la disponibilidad de recursos para mejorar la calidad de vida de más personas.
En los últimos años, este círculo virtuoso parece haberse arraigado a lo largo de la región. Un reciente informe del Banco Mundial muestra que en la última década los ingresos del segmento más pobre de la población en Argentina, Bolivia, Colombia, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Panamá, República Dominicana y Venezuela crecieron mucho más rápido que el ingreso de los segmentos más ricos.
Cuatro factores cruciales hacen posible y sustentable esta prosperidad: un sistema tributario progresivo y eficiente, instituciones transparentes y efectivas, un clima favorable a los negocios y una mejor gestión de riesgos.
Trabajando estrechamente junto a líderes latinoamericanos, he podido apreciar su determinación en garantizar la sostenibilidad ambiental. La actual búsqueda de una prosperidad compartida no puede llevarse a cabo reduciendo las opciones de las generaciones futuras. El aire que hoy no es limpio tendrá efectos en la salud de nuestros hijos.
No hay dudas de que América Latina deberá acelerar su proceso de reformas —tales como mejorar la calidad de la educación e infraestructura— para mejorar las posibilidades de la mayoría de su población. Tendría que crecer anualmente un 7,5% per cápita para cerrar la brecha con las sociedades más prósperas para 2030.
Soy optimista. La región lo ha hecho para los pobres extremos; puede hacerlo para los vulnerables.

 

Hasan Tuluy
Vicepresidente Banco Mundial para América Latina y Caribe