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Jueves 8 Enero, 2015

Para enfrentarse a la desigualdad y vencer con argumentos, se requiere determinación y don de mando


La parcela olvidada

En 2014, la creciente desigualdad social apenas tuvo una leve dosis de atención del nuevo Gobierno. Bajar algunas pensiones millonarias, extender la base de clientes del régimen no contributivo y revisar las listas afectas a la atención de los programas sociales, fueron tímidas pinceladas en el cuadro retador por una mayor justicia social.
Esperábamos más. Y no perdemos la esperanza de que se abone con mejor visión en tema tan crucial. Mientras eso ocurre, persisten vicios institucionales y se ahondan diferencias en el mapa salarial. Se hacen guiños de cambio en los estratos bajos de la sociedad para incrementar sus ingresos, pero se sigue concentrando riqueza en las capas altas. A eso se une la pesada losa del desempleo que margina a grandes sectores medios y bajos.
Ya sabemos que atacar la desigualdad implica ceder. Es un acto de solidaridad de los de arriba en auxilio de los de abajo, y esa actitud aún no se resuelve en el alma nacional. Los que ganan más, se niegan a recortar sus estipendios, mientras una gran masa de potenciales trabajadores sin formación universitaria, siguen chocando en las ferias de empleo —una y otra vez— contra el muro infranqueable de la falta de capacitación. Su destino es terminar arrinconados en trabajos mal pagados, acrecentando la cada vez más crítica brecha social.
También es cierto que la globalización de mercados ha ahondado las diferencias. La creación de riqueza en ciertos sectores productivos no ha generado mejoras en el bienestar humano del resto de la escala social, en la medida que todos quisiéramos. El llamado sistema de goteo que pretendió ser la panacea ha sido un fracaso total, dejando a grandes capas rezagadas, sin oportunidad de ascenso social. El círculo se cierra con el estancamiento de los salarios y las recientes políticas de austeridad en el sector público.
Hay problemas colaterales para reducir la brecha: el incremento de los ingresos en la cima no cuenta con sistemas de control efectivos y sigue a merced de contratos colectivos vergonzantes, mientras se acusa timidez de los Gobiernos para desafiar las prioridades de las élites. Mientras esa actitud pusilánime se mantenga no habrá espacio para la mejora. Es claro: para enfrentarse a la desigualdad y vencer con argumentos, se requiere determinación y don de mando. Con la manifiesta pasividad, hemos dado espacio a una élite de asalariados millonarios —clientelismo político puro— a costa de una masa de trabajadores empobrecidos, sin que eso aturda nuestras conciencias.
No estoy insinuando con esto que las soluciones deban ser dramáticas, hasta el punto que conlleven crispación entre sectores. Pero sí debemos afrontar el hecho de que nuestro actual sistema remunerativo no está funcionando bien para todos. En esa tarea de recomposición de la escala salarial, se requieren no solo proclamas, sino acciones contundentes que, hasta el momento, no hemos detectado en las altas esferas de Gobierno. Les sigue temblando el pulso a quienes llegaron imbuidos de cambio.
Esperamos un golpe de timón de las nuevas autoridades hacendarias en este tema. Hay factores para desconfiar que eso sea así: la reciente disputa entre Ejecutivo y Legislativo para aprobar un Presupuesto sin recortes, reduce cualquier margen de esperanza. Pero confiemos en que aún haya residuos patrióticos en la nueva Administración para enfrentar el desafío de una sociedad más justa e inclusiva. Los de abajo lo esperan.

Luis Alonso Vargas Ocampo

Periodista