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Quienes poseen el poder deben entender que el ego es mal consejero cuando de salvar una nación se trata

La lección de Portugal

La reelección del presidente de Portugal, el socialdemócrata Aníbal Cavaco Silva, el pasado domingo, se dio en el marco de la peor crisis económica que haya enfrentado esa nación desde que ingresó como miembro a la Unión Europea en 1986.
En el país lusitano, la autoridad del presidente es limitada; no es propiamente un jefe de Gobierno, potestad que es encomendada constitucionalmente al Primer Ministro; sin embargo, tiene la capacidad de remover a este de su cargo, disolver el Parlamento y convocar nuevas elecciones, si considerara que existen motivos suficientes.
La reelección obliga a Cavaro a seguir compartiendo el poder con el gobierno socialista del primer ministro José Sócrates, en un momento en que sus relaciones alcanzan el punto álgido. Juntos en el Ejecutivo desde 2006, ambos gobernantes mantienen serias divergencias políticas.
Sócrates se apresuró a curarse en salud cuando dijo, minutos después de conocerse el triunfo de su opositor: “los portugueses votaron a Cavaco Silva porque quieren estabilidad”. De este modo advierte al presidente reelecto que lo mejor es que procuren gobernar juntos y trabajar en equipo antes que desgastar más al país en luchas partidistas.
Para este año, Portugal espera una crisis económica que no podrá ser compensada por las exportaciones en ascenso. A pesar de las medidas de ahorro, o quizás debido a ellas, la hacienda pública posiblemente descienda, a causa de una menor recaudación fiscal.
Quienes poseen el poder en Portugal, como en cualquier país sin importar la latitud en que se encuentre, deben entender que el ego es mal consejero cuando de salvar una nación se trata, más aún si las circunstancias que esta atraviesa son especialmente dificultosas.
El caso de Portugal es un llamado a no permitir que un país encalle por intransigencia de los gobernantes, que debemos aprender a constituir un gobierno inclusivo para todos los que estén dispuestos a colaborar y convivir en un Estado de Derecho.
No es con luchas intestinas, excluyendo a los contrarios o menos aún a los del propio equipo, como se llega a superar los problemas.
Por el bien de la economía europea, mundial y portuguesa, este país debería resolver su crisis por la vía pacífica y mediante el diálogo.

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