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Las deudas transmitidas por los legisladores que pronto abandonarán sus curules afectan directamente la calidad de vida de los costarricenses

La deuda que deja el Congreso

Se van, al menos la mayoría de ellos, con la satisfacción de haber hecho lo que quisieron. Lo malo es que eso no siempre coincidía con lo que el pueblo que los había elegido quería que hicieran. Nos referimos a los diputados que integran la actual Asamblea Legislativa, ya próxima a concluir sus funciones.
La gente quería un fortalecimiento de la forma de brindar seguridad ciudadana, agilización de la economía, que se aprobaran a tiempo las leyes de implementación del Cafta y otras iniciativas cruciales como lo necesario para la adecuada protección del recurso hídrico, mejoras al sector agrícola o la Ley de Tránsito.
El saldo que arroja el análisis de lo que hicieron los integrantes de la presente legislatura nos indica que trabajaron, desde luego, esa era su obligación y para ello aspiraron al cargo, pero lo hicieron ensimismados, olvidando aquello esencial de ser el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.
Aunque no parezca justo generalizar, al Primer Poder de la República hay que evaluarlo como un todo porque es así como se integra y actúa. Quienes llegan a él saben que esa es su condición y así lo aceptan.
En este caso, hemos tenido un Congreso en el que incluso muchos de sus miembros se dieron vacaciones y luego se fueron a hacer política electoral ante la proximidad de las pasadas elecciones nacionales, dejando sin discutir importantes leyes que esperaba con ansiedad la ciudadanía.
Surgió la excusa de no haber sido convocados, pero eso no les impedía trabajar. Quizás algunos lo hicieron pero pareciera que no la mayoría. La labor del legislador no se limita a la hora de votar leyes en el plenario.
Las deudas transmitidas por los legisladores que pronto abandonarán sus curules afectan directamente la calidad de vida de los costarricenses, como lo señala hoy este medio en una nota dedicada a revisar la labor del actual Congreso.
La ciudadanía, que no puede sino votar por los diputados que escogen sus respectivos partidos políticos, deberá convertirse en vigilante celoso de la labor del Congreso, como única forma de exigir que cumpla con sus deberes coincidiendo con los mandatos de la ciudadanía.
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