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Sábado 21 Enero, 2012


Quienes tienen el poder de cambiar leyes y tomar acciones, se desgastan en discusiones inútiles de los detalles de color político, que empantanan cualquier intento por salir del estancamiento en que se encuentra la justicia costarricense

Con el lector:
La ciudad de los lamentos

Hace ocho días, en este mismo espacio, comenté el hecho de que me balearon la casa poniendo en riesgo mi vida y la de mi familia.
Ahora, más de una semana después de lo sucedido, debo decir que lo peor que le puede pasar a una persona que ha enfrentado un hecho tan traumático es darse cuenta de cuán rezagadas están nuestras autoridades para poder responder a estos hechos en tiempo real, procurando una acción inmediata que haga valer la fantasiosa frase de la justicia pronta y cumplida.
La demanda supera la oferta, los casos se acumulan, el delincuente sabe que las estadísticas le favorecen y los oficiales, entre operativos, allanamientos y un horario de lunes a viernes, acumulan expedientes que se enfrían, en el límite de la frontera entre el olvido o la desatención.
Mientras, afuera, los malos siguen haciendo de las suyas, pensando que la Justicia es como la lotería, que se necesita mucha suerte para pegársela; pero además saben que si bien algunos caen, todavía les queda, cual concurso televisivo, utilizar el ‘comodín’ de nuestras leyes, que parecieran creadas pensando más en el bienestar de los delincuentes, que en los derechos de las víctimas y de sus familiares.
Si a eso le sumamos que nuestra justicia también carece de penas ejemplificantes, como la cadena perpetua u otras aún más severas, para aquellos que han demostrado no importarles el valor supremo de la humanidad, que es el respeto a la vida humana, entonces caemos en cuenta de la evidente necesidad de declarar a nuestra seguridad en estado de emergencia.
Sumado a todo lo anterior, está un hecho que agrava más la situación y que se define en una palabra: la indiferencia.
A nadie parece importarle nada que no tenga que ver con lo suyo y su realidad inmediata. La actitud solidaria que pueda encauzar una acción colectiva no es parte de esta sociedad, marcada por el individualismo egoísta, que nos hace cerrar los ojos y callar ante cualquier situación que por más delicada que sea, no nos concierne.
Mientras, quienes tienen el poder de cambiar leyes y tomar acciones, se desgastan en discusiones inútiles de los detalles de color político, que empantanan cualquier intento por salir del estancamiento en que se encuentra la justicia costarricense.
Hoy alguien puede morir víctima del hampa. Podemos ser usted o yo; y al final solo quedarán las lágrimas de los familiares de las víctimas, que claman por justicia, en la ciudad de los lamentos.

Luis Rojas