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La supremacía de los fundamentales

Allan Rodríguez Aguilar
Gerente General
Grupo CFS

Históricamente se ha demostrado que las malas decisiones en materia de inversiones tienen una sola explicación en el largo plazo: su divorcio con los fundamentales. El principal exponente y defensor del uso de los fundamentales como único principio válido para invertir ha sido Warren Buffett, quizá el mejor inversionista de todos los tiempos. Es más, para Buffett el mercado es simplemente una opinión más que muchas veces no tiene relación con los fundamentales propios de los valores en negociación.
Lo importante de todo esto es que ineludiblemente el resultado futuro de toda decisión de inversión realizada hoy, deberá sopesarse en virtud de la interpretación de los fundamentales vigentes al momento de la decisión y no necesariamente de la información suministrada por el mercado en ese momento.
Aquellos inversionistas que tomaron posiciones en petróleo cuando esperaban que su precio subiera a $200 el barril, los que apostaron a que el colón siguiera su descenso hasta alcanzar ¢450 por dólar, los que compraron inmuebles a precios altos como instrumento de inversión esperando que el crédito hipotecario iba a seguir creciendo a tasas nunca vistas en el pasado, los que compraron a tasa fija por debajo de inflación con un panorama de tasas de interés crecientes, probablemente subestimaron el análisis fundamental y se montaron en la ola de las masas.
Si la historia se sigue repitiendo, ¿por qué muchos cometen los mismos errores? La respuesta es muy sencilla. El análisis de los fundamentales no es fácil. Requiere, entre otras cosas, disciplina y la habilidad para poder separar emociones y concentrarse en variables técnicas. Pero esencialmente el análisis fundamental requiere preparación para poder interpretar la realidad y extrapolar si es posible que esa realidad se replique consistentemente en el futuro.
Los inversionistas reciben todos los días una gran cantidad de recomendaciones por parte de sus asesores de inversión. La bondad de estas recomendaciones radica en su compatibilidad con los fundamentales éticos y técnicos, y en la capacidad del asesor para entenderlos, interpretarlos y defenderlos. La responsabilidad del inversionista radica en exigir a cambio de las comisiones que paga a sus asesores de inversión una demostración sólida de la calidad de las recomendaciones y evaluar si dicha calidad es consistente con las comisiones pagadas.


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