En los tiempos actuales donde estamos cuestionando los modelos de liderazgo y la manera en que hacemos las cosas, vale la pena devolvernos a la historia y hacer una mirada reflexiva, porque podemos encontrar claves inesperadas.
Exploremos la historia de un gran emperador romano y de los más altos pensadores del estoicismo, que no solo se formó en los campos de batalla, ni en sus Meditaciones. Antes de ser todo lo que ya conocemos, fue hijo. Y antes de llegar a cumplir sus logros, recibió la influencia primigenia de una figura a veces no tan mencionada en la historia, su madre Domitia Lucilla.
Podrán intuir que nos referimos a Marco Aurelio.
Volviendo a doña Domitia, ella era una mujer rica y culta. Había heredado una fábrica de ladrillos, con la cual proveyó materiales para el desarrollo de los monumentos más importantes de la época, lo cual también le permitió relacionarse con sabios y filósofos. Pero más allá del privilegio o lo material, se esmeró en dejarle a su hijo algo más valioso, una visión del mundo basada en la virtud.
Las madres, por excelencia son nuestro primer contacto con el amor incondicional, nuestro primer refugio, nuestra primera maestra y nuestra guía inicial hacia el bien. No exigen logros, ni imponen condiciones, simplemente están y en su estar transforman. Son esa “energía femenina elevada”, la que crea, nutre, forma y guía sin imponer. Y la que debemos integrar todos, hombres y mujeres para vivir en equilibrio.
Tal cual como en el ying y el yang, está energía tiene una fuerza opuesta complementaria, la “energía masculina elevada”, que podemos ver en Marco Aurelio, que es soporte, que es sostén, y que protege, no con poder, sino con propósito.
Podemos extraer de sus Meditaciones, que Marco Aurelio, agradece a su formación basada en generosidad y sobriedad, algo más personal e interno, abstenerse no sólo de las "malas acciones", sino de los "malos pensamientos". Considero que lo hace en un sentido amplio, respecto a sus propios diálogos internos, que evidencian una educación que no está basada en el miedo, la supervivencia y la validación externa, sino en la conciencia y el ejemplo, como regla de autoridad.
El resultado es palpable, el niño que aprendió a observar sus pensamientos, se convirtió en el más grande emperador de todos los tiempos, asumiendo la responsabilidad de guiar y proteger a todo un imperio, no desde una posición autoritaria o violenta, sino desde la conciencia, calma y estrategia.
Actualmente, pareciera que lo femenino y lo masculino siempre están en contradicción. En el contexto en el que hablamos de estas “energías” en la columna, nos referimos a principios universales de la psique humana que están presentes en todos, independientemente de la identidad y biología. Algunas corrientes del feminismo, de manera legítima, cuestionan los modelos tradicionales de género perpetuados en el tiempo y esto genera una tensión que por años no hemos podido superar. La energía masculina de “proveedor” no debe interpretarse desde el aspecto económico, eso es muy burdo, sino como el que estructura, contiene y sostiene. La energía femenina “receptora” no debe interpretarse como pasiva, anulada, sino como la que acoge, escucha y transforma.
Estas energías no son de hombres o de mujeres y cuando las negamos, por rebeldía, trauma, ideología o desconocimiento, también negamos una parte de nosotros mismos.
Con esta reflexión, podríamos hacer el experimento y ver con curiosidad, cómo se sentiría actuar desde una energía masculina que provee orden, seguridad y propósito y desde una energía femenina que abraza, escucha y transforma desde la raíz, buscando con esto sentirnos más completos y no “complacer” al otro, como muchas veces nos hacen sentir.
La realidad nos muestra que debemos hacer un cambio, la acción no está por encima de la presencia y el logro no está por encima del ser. Debemos aprender con urgencia que el amor incondicional no es debilidad y que la fuerza verdadera no es violencia.
Feliz día de la madre a todas esas mamás que están forjando el futuro. Y no solamente a las biológicas, sino a todas que desde lo que hacen, guían desde el cuidado, educan con el ejemplo y sustentan desde el amor.





































