La tecnología no inició la tercerización del pensamiento. Llegó a una cultura que ya premiaba la velocidad por encima de la comprensión.
Una de las preocupaciones más populares es que la Inteligencia Artificial (IA) nos haga dejar de pensar. La preocupación es válida, sin embargo, el diagnóstico es incompleto.
Hablemos claro: la IA puede hacer más fácil que las personas aceptemos respuestas sin verificarlas, que confundamos una explicación correcta con una bien redactada o que deleguemos decisiones cuyo razonamiento no llegamos a comprender.
Pero la IA no inventó nuestra preferencia por conclusiones rápidas ni por las opiniones que ya vengan procesadas. Mucho antes de los chatbots, habíamos construído una cultura que trata el pensamiento como algo que puede delegarse.
Demos un paseo por lo que hacíamos antes de la IA: leer los titulares como si fueran la noticia completa; usar el resumen de un libro para sustituir el libro; presentar informes ejecutivos sin contrastar la información que los sustenta; construir opiniones a partir de lo que alguien más dijo que había ocurrido o su interpretación.
Estas renuncias que estoy mencionando, no nacieron con la IA, simplemente la IA las hizo más visibles, más fáciles y más eficientes.
El problema es menos tecnológico y más humano.
Según los resultados del Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA) 2022, publicados por el Ministerio de Educación Pública (MEP), apenas el 53% de los estudiantes costarricenses de 15 años alcanzó el nivel 2 o superior en lectura. En términos de la prueba, eso significa que casi la mitad quedó por debajo del nivel mínimo de competencia lectora. Solo un 1%, alcanzó el nivel 5 o superior, asociado con la capacidad de comprender textos largos, manejar conceptos abstractos y distinguir entre hechos y opiniones por medio de pistas o señales que no aparecen de forma evidente.
Por otro lado, la aplicación diagnóstica de la Prueba Nacional Estandarizada de 2024, indicó que el 41% de los estudiantes de primaria y el 40% de los estudiantes de secundaria se ubicaron en el nivel básico de Español.
No son mediciones equivalentes ni deben interpretarse como si evaluaran exactamente lo mismo. Aún así, ambas demuestran que una proporción considerable de estudiantes avanza por el sistema educativo sin consolidar las herramientas necesarias para seguir un argumento, relacionar información, reconocer contradicciones y construir una posición propia.
Este problema no es exclusivo de las nuevas generaciones.
El dato nacional más reciente publicado que encontré sobre hábitos de lectura proviene de la Encuesta Nacional de Cultura de 2016, elaborada por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC). Mientras se esperan los resultados de la nueva encuesta aplicada en 2025, aquella medición muestra que el 58,8% de las personas de 12 años o más consultadas que sabían leer y escribir no había leído ningún libro durante los doce meses anteriores. Entre quienes NO habían leído; el 56,4% señaló como principal razón el desinterés o que no le gustaba leer y el otro 25% que no tenía tiempo.
Este dato tiene diez años y la idea no es utilizarlo como una fotografía actual del país, pero su antigüedad nos permite afirmar algo: la baja frecuencia de lectura ya era visible antes de la expansión de la IA.
Con esto no quiero decir que leer libros garantiza pensamiento crítico. Una persona puede leer mucho y limitarse a confirmar lo que ya cree; también el criterio y el razonamiento se obtienen mediante conversaciones, experiencia, observación, investigación y otros formatos.
Pero sentarse a leer, exige algo que hemos venido perdiendo con facilidad: permanecer en una idea más tiempo del que toma reaccionar a un titular.
Leer nos obliga a conocer el contexto, matices y quizá entender que la conclusión no es el título, ni el primer párrafo.
El problema no es que ahora consumamos videos, podcast, o contenidos en un scroll infinito. A veces, un video de treinta segundos puede abrir preguntas extraordinarias, mientras documentos extensos pueden no tener ni una sola idea relevante.
El formato no es lo que garantiza la profundidad, sino la relación que construimos con la información.
Llevamos años diseñando entornos que celebran la velocidad y después nos sorprende que se pierda la capacidad de permanecer frente a cualquier contenido que no entregue una recompensa inmediata.
Premiamos las respuestas rápidas, aunque exista poca comprensión; confundimos productividad con producir más, contestar más y hacer más.
La cultura ha aprendido que pensar es importante, siempre que no retrase la entrega.
La educación participa de está incoherencia cuando premia repetir respuestas correctas en lugar de enseñar a hacer mejores preguntas; las empresas lo hacen cuando piden innovación, pero no reservan tiempo para investigar, cuestionar, disentir o revisar una decisión antes de ejecutarla; los medios de comunicación lo hacen cuando el éxito de una idea depende principalmente de su capacidad de provocar una reacción inmediata y generar clicks; las plataformas lo hacen cuando convierten nuestra atención en un recurso que puede capturarse, fragmentarse y monetizarse.
Estamos frente al resultado previsible de los incentivos que hemos diseñado, no frente a una falla moral de las personas.
Más allá de decirles a los jóvenes que lean más, prohibir los teléfonos inteligentes en todos los espacios o exigirles a los trabajadores que no utilicen IA, deberíamos preguntarnos, ¿qué condiciones estamos creando para que pensar siga siendo necesario?
La IA no vuelve, por sí sola, menos inteligentes a las personas, ni tampoco destruye automáticamente su criterio. También funciona como una herramienta para verificar información, integrar respuestas, identificar inconsistencias y conservar control sobre el resultado final.
La diferencia está en el diseño del uso.
Podemos pedirle a la IA que piense por nosotros. Pero también podemos utilizarla para identificar los supuestos de nuestra posición, encontrar evidencia que la contradiga, comparar fuentes, formular mejores preguntas y revelar aspectos que no habíamos considerado.
La tecnología puede reducir el pensamiento o ampliar su alcance, ninguno de los resultados ocurre automáticamente.
Aquí entra el accountability: la responsabilidad de hacernos cargo de cómo utilizamos la herramienta y el resultado que aceptamos como propio.
Antes de abrir una herramienta, podemos llegar con la hipótesis propia, después de recibir una respuesta, podemos revisar sus fuentes, buscar el argumento contrario y crear la conclusión a partir de lo investigado con nuestras propias palabras. Si no podemos defenderla sin volver a consultar la pantalla, probablemente todavía no la comprendemos.
Las instituciones tienen una responsabilidad equivalente.
Las escuelas pueden enseñar a contrastar fuentes como práctica cotidiana, y no, como advertencia ocasional.
Las universidades pueden reconocer que enseñar una disciplina implica enseñar a leer, investigar, argumentar y producir conocimiento dentro de ella.
Las empresas pueden evaluar la calidad del razonamiento, en lugar de confundirla con la velocidad de entrega, la seguridad con la que alguien habla o la apariencia del resultado.
Los líderes pueden crear espacios donde cuestionar, disentir y pedir más tiempo para pensar no se interprete como falta de compromiso.
Sabemos que todas estas capacidades pueden entrenarse, por eso nuestra respuesta a la IA debería ser con menos miedo y más diseño.
No necesitamos competir con una máquina para producir respuestas rápidas. Necesitamos proteger las capacidades que permiten decidir qué preguntar, qué verificar, qué cuestionar, qué no delegar y qué consecuencias estamos dispuestos a asumir.
La IA no llegó para quitarnos algo que conservábamos intacto. Mucho antes de su expansión, ya premiábamos la velocidad por encima de la comprensión, fragmentábamos la atención y reducíamos el tiempo dedicado a la lectura y análisis.
El desafío no es impedirle a la tecnología que piense, es dejar de diseñar una cultura en la que pensar parezca innecesario.
Si llegaste hasta aquí, quizá aún hay esperanza.





































