El pasado 3 de septiembre, la celebración en Beijing del 80 aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial fue toda una demostración de poder y de organización del pueblo chino. Un evento multitudinario en el que se reivindicaba la paz y la concordia como único camino posible entre los pueblos y las naciones del mundo para resolver problemas tanto de ámbito regional como de ámbito global. La lección de la historia para los dos grandes perdedores de aquella guerra como fueron Alemania en Europa y Japón en Asia sirvió para que estos dos países abandonasen su tradicional militarismo y se integrasen en el llamado bloque occidental bajo el control de los Estados Unidos, el gran ganador en uno y otro lado del mundo.
El gran expansionismo japonés se inició entre finales del siglo XIX e inicios del siglo XX para ocupar dos territorios que consideraba prioritarios de cara a tener el control del mar de China (la península de Corea y la isla de Taiwán, respectivamente). Durante la Segunda Guerra Mundial ese imperialismo japonés se extendió ocupando buena parte de la China continental, así como los países del sudeste asiático; Vietnam, Tailandia, Birmania, Malasia, Indonesia y Filipinas. Durante la guerra, las ocupaciones japonesas se desarrollaron a través de una extrema violencia contra las poblaciones locales, destacando las violaciones masivas de mujeres, las masacres de poblaciones enteras e incluso los experimentos químicos. En China, el saldo final de muertos tras la contienda ascendió hasta los 35 millones entre civiles y militares.
Interior del Museo de la Guerra de Resistencia del Pueblo Chino contra la Agresión Japonesa en Pekín. Foto Sergi Lara
Entre 1945 y 1949, China vivió su última guerra civil que culminó con la fundación de la actual República Popular China, mientras que en la isla de Taiwán se refugió el llamado Gobierno del Kuomintang apoyado por los Estados Unidos, que abogaba por otra forma de sistema político y que defendía su legitimidad para representar a toda China. Después de dos décadas, en 1971, la Resolución 2758 de la Asamblea General de las Naciones Unidas resolvió el problema de la representación de toda China, incluida Taiwán, declarando que solo hay “una sola China”. Desde entonces, cuando la ONU y sus organismos especializados mencionan a Taiwán, se refieren a “una provincia de China”.
Hoy en día, ya son 183 países del mundo los que reconocen a la República Popular China como el único país legítimo, y por lo tanto la cuestión de Taiwán para reunificarse con el resto de China y mantener más de 2.000 años de unidad nacional sigue siendo un asunto interno pendiente de resolver. Una reivindicación que desde la China continental se mantiene firme con el objetivo de que la reunificación se produzca por medios pacíficos. Desgraciadamente, después de la Segunda Guerra Mundial los Estados Unidos instalaron toda una red de bases militares en el perímetro del mar de China, desde Japón hasta Filipinas, con la clara intención de impedir el desarrollo chino de la parte continental.
Interior del Museo de las 13 Factorías en la ciudad de Cantón, imprescindible para entender la historia china relacionada con el comercio marítimo. Foto Sergi Lara
Sin embargo, durante los últimos cincuenta años la República Popular China ha experimentado un desarrollo que no ha tenido precedentes en ningún país del mundo, lo cual la ha situado en la competencia económica directa con los Estados Unidos. Este 2025 las tensiones en todo el planeta se incrementaron con la nueva administración norteamericana, pero en el caso de Japón ha sido el nombramiento en noviembre de su primera ministra, la ultraconservadora Sanae Takaichi, la que ha hecho saltar todas las alarmas tras declarar que, si China invadiera Taiwán el Ejército Japonés se vería obligado a actuar.
La furibunda reacción china fue inmediata, incluso la propia oposición política en Japón ha llamado la atención a la primera ministra calificando la declaración de totalmente irresponsable. El resultado hasta el momento tras una serie de declaraciones y contradeclaraciones se manifiesta con la cancelación de todos los vuelos entre China y Japón hasta final de año por parte de las compañías aéreas chinas. Pero todo parece indicar, tal como ha pasado en Europa en los actuales conflictos entre Alemania, Polonia, Ucrania y Rusia, que lo que se busca en Asia es el conflicto entre China, las dos Coreas y Japón para crear el mismo escenario de caos que impida la paz y la prosperidad compartida en el mundo.
Ante el creciente escenario de inestabilidad mundial, no caben dudas sobre en qué lado de la historia se debe estar. En este sentido hay que recordar un texto de 2011 del que fuera importante diplomático estadounidense Henry Kissinger, quien dijo que China debía reconocer que Estados Unidos es también una potencia asiática con legítimos intereses en Asia. De estas palabras se intuye claramente el porqué de la permanente injerencia para evitar la reunificación de “una sola China” entre los hermanos que viven desde hace milenios a los dos lados del canal de Taiwán. Pero sin duda, la historia volverá a estar del lado de los que trabajan por la paz y la prosperidad compartida.
El analista mexicano Alfredo Jalife exponiendo su teoría del Soft Power de China durante la conferencia “Entendimiento de China 2025”, celebrada en la ciudad de Cantón entre el 1 y el 3 de diciembre. Foto Sergi Lara
Hace unos pocos días he regresado de la ciudad de Cantón (Guangzhou en chino), donde a inicios de diciembre se celebró la conferencia internacional “Entendimiento de China 2025”, la cual ha tratado a través de múltiples ponencias el “Nuevo Diseño, el Nuevo Desarrollo, las Nuevas Opciones, la Modernización China y el Nuevo Patrón de Gobernanza Global”. En este evento todavía resonaba con fuerza la polémica generada por las declaraciones de la primera ministra japonesa, con un consenso total de apoyo a la posición china. En el actual extremo sur de China, allá donde se inició el intercambio comercial por vía marítima con las potencias europeas hace cuatro siglos, la cuestión de Taiwán es vista no solo como un problema que urge solucionar, sino como una parte de la propia historia relacionada con el territorio conocido como la Gran Bahía.
La Gran Bahía que conecta a Cantón con Hong Kong, es con sus casi 90 millones de habitantes la mayor área urbana del planeta, un espacio humano de primera magnitud donde el comercio, la tradición, la tecnología y el intercambio en general han conseguido posicionar a esta parte del mundo como una pieza esencial de todo lo que ocurre en la vasta región del Asia-Pacífico. Es por lo que el recuerdo de la agresión japonesa sobre China durante la primera mitad del siglo XX es algo que hoy está absolutamente fuera de contexto. Aún más cuando el PIB de la Gran Bahía representa la mitad del PIB de Japón y al mismo tiempo la interconexión económica y cultural con Taiwán es un hecho que al final se acabará imponiendo a cualquier intento de injerencia.
El consenso durante las ponencias realizadas sobre la conferencia “Entendimiento de China 2025”, ha demostrado por parte de los analistas que ya no hay camino de retorno hacia bloqueos o resistencias estériles, pues todos los poderes de la China del siglo XXI actúan como una fuerza arrolladora e imparable. Pero a diferencia de la visión occidental que trata de mantener hegemonías del pasado, el mensaje chino sigue siendo claro y nítido: Seguir adelante con el proceso de modernización y desarrollo compartido, cooperando con el resto de los pueblos de la Tierra.
Torre de telecomunicaciones de Cantón, de 604 metros de altura, la segunda del mundo y el quinto edificio más alto del planeta justo por detrás de la Torre de Shanghái. Foto Sergi Lara





































