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Inseguridad y penas


El imparable incremento de los accidentes de tránsito y dramáticos actos delictivos ha movido al Poder Ejecutivo y a la Asamblea Legislativa a plantear nuevamente un aumento de las penas y de las multas.
Hemos demostrado en nuestras páginas interiores como la inseguridad arrodilló a Costa Rica durante 2007, convirtiendo a los costarricenses en los terceros más desconfiados y atemorizados de América Latina. Ciertamente, esta situación debe mover a decisiones para poner coto a esa patología social.
Este tipo de propuestas deben merecer, sin embargo, una especial consideración. En particular con respecto al incremento de las penas conviene actuar con realismo.
Sería oportuno recordar que la elevación de las penas, cuyo clímax es la pena de muerte, en los países que la han adoptado, no ha reducido la criminalidad.
Coincidimos, por el contrario, con otros analistas en que los medios más eficaces para atacar este mal son la acción preventiva de las autoridades y la justicia pronta y cumplida.
Resultaría engañoso y simplista aumentar las penas, si las tareas esenciales de vigilancia e investigación no pueden llevarse a cabo con holgura económica, técnica o de personal.
La principal fuente de inseguridad ciudadana a que nos hemos referido es el sinnúmero de contravenciones que se apilan en los tribunales y en las oficinas administrativas. Y como alguien dijo, esta, que es la escuela primaria de los delincuentes, la hemos dejado en el abandono.
En cambio, sí deberían ser bienvenidos los aumentos de las multas por la deportiva violación de las leyes de tránsito, tal como el castigo de cárcel a los conductores en estado de ebriedad.
El mortal y alarmante balance que en 2007 se registró por accidentes en carretera, habla claro de la necesidad de actuar con rigor.
Esto quiere decir, sin embargo, que si se elevan las multas, el Gobierno también debe cumplir. Y solo se cumple si hay suficientes inspectores de tránsito, si estos son capaces, si se les dota de medios suficientes y, sobre todo, si imperan la honradez a toda prueba y la voluntad de actuar.
Proceder de otra manera nos haría víctimas de un engaño.
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