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Lunes 15 Septiembre, 2008

¿Inoperancia o falta de voluntad?

Carlos Jesús Mora
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En palabras muy costarricenses se puede decir que soy un salado.
Vivo en Moravia y en lo que va de este año he sido víctima del hampa en tres ocasiones.
En enero, unos sinvergüenzas me despojaron de mis pertenencias y compras para la alacena al salir del supermercado.
En abril, a plena luz del día fui asaltado en las puertas del complejo de apartamentos donde vivo, y el domingo 7 de setiembre a 300 metros de este.
En las dos primeras ocasiones no puse la denuncia, los ladrones huyeron y sabía que aunque presentara mi acusación era imposible recobrar mis pertenencias, pero en la última ocasión sí valía la pena hacerlo.
Cuatro personas que pasaban en su carro se percataron del robo y corrieron a mi auxilio.
Voy a omitir la escena del rescate y pasar al cuadro donde llegó la policía.
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—Mi amor, nada hacemos si usted no pone la denuncia, me dijo la mujer policía con un tono de voz que me hizo sentir por poco como en el seno de mi madre.
Nunca había entrado a una delegación de policía y no quedé convidado a volver. Más de ocho policías bromeaban y reían a carcajadas; el lugar, lúgubre y desaseado, estaba inundado de una pestilencia.
Me apresuré a rendir mis declaraciones, esperanzado de que en pocos minutos tendría mis pertenencias, tomaría un taxi, me bebería un té en mi apartamento, dormiría muy tranquilo, y al día siguiente todo habría pasado; pero “problemas” hicieron que se tardarán en tomar mis declaraciones por más de una hora.
Empecé a declarar a la 1 a.m del lunes.
Al terminar, pedí mis cosas, esperanzado de que ahora sí podría irme.
-No, señor, acá no terminamos; tiene que acompañarnos a los Tribunales para que ponga la denuncia ante un fiscal. Eso es rapidito, nosotros lo llevamos, me dijo el comandante.
No me podría negar; primero, por haber esperado tanto y, segundo, porque si no lo hacía, luego me daría mucho coraje si me asaltan de nuevo algún día por cuarta ocasión, o si alguien muy querido para mí fuese atracado.
—Vamos —les dije.
Cuando subí a la patrulla, ya estaba más tranquilo, cuando de pronto observé salir de la comandancia a uno de los que me habían asaltado. El sujeto empezó a acercarse, venía sin esposas y con una risa sarcástica se subió en el mismo carro en que me llevaban a mí a los Tribunales.
Me sentí aterrorizado, pero más aún cuando un oficial le dijo al malhechor entre carcajadas: —Diay Tito, acá te llevamos de nuevo, pida que le den colchón hoy para que pase la noche tranquilo y no como aquella vez.
Pasadas las 2 a.m. llegué a la Fiscalía de Guadalupe. Pasaron cinco horas para poder rendir mi declaración.
Estresado, con frío y sin un cinco en la bolsa me acercaba cada hora a la puerta de la fiscal a preguntarle a qué hora podrían atenderme.
Malas caras e indiferencias fueron sus respuestas siempre.
Para no hacer más largo el drama, les cuento que a las 7.10 a.m. del lunes me dieron mis pertenencias. Después de más de cinco horas de espera.
—Por eso es que casi nadie pone las denuncias, es una pérdida de tiempo —me dijo una señora que llevaba aún más rato que yo y que iba a poner una denuncia por violencia doméstica.
A las 7.15, estaba cruzando las puertas de los Tribunales de Guadalupe.
Hoy, con la cabeza más fría, me puse a pensar: ¿Por qué esta odisea para presentar una denuncia?
¿Fue culpa de la conocida inoperancia de nuestro sistema policial y judicial, o falta de voluntad?
Creo que en gran parte de ambas, pero de algo sí estoy ahora más convencido, la inseguridad en Costa Rica no es “una percepción nada más”, como dijo doña Janina.