Enviar
Jueves 25 Diciembre, 2008

Hoy la política es un ejercicio de evasión

Claudio Alpízar Otoya, politólogo

El tema de la ingobernabilidad, convertida en la muletilla más útil de algunos políticos para justificar su incapacidad para lograr acuerdos y la ejecución de políticas, tiene sus raíces más profundas en la constante búsqueda por eludir la política participativa y el temor de tomar decisiones en consenso. Es sabido que en los sistemas democráticos una buena y correcta toma de decisiones muy difícilmente puede sustraerse únicamente a los políticos, pues se supone que el sustento de aquella está en la mayor participación y la convergencia de los intereses ciudadanos.
Desde el exterior a los países se les ve y juzga como unidad, como un grupo de personas que comparten gustos e intereses en común. Es por eso que oímos hablar de franceses, italianos, brasileños, mexicanos, costarricenses y más, como si fuesen un grupo homogéneo. Al punto que se critica o alaba un defecto o una virtud de algunos ciudadanos, como si este fuese el comportamiento o la costumbre general de toda la nación.
Empero, los ciudadanos que conforman cada una de las naciones a lo interno sí percibe las variedades de intereses y objetivos entre ellos, tanto individuales como grupales. Es aquí donde la política se vuelve fundamental como método para encontrar intersecciones entre esas divergencias, lo que permitirá definir un proyecto país, un horizonte en común.
Estas diferencias a lo interno de la nación obligan a los políticos a una constante comunicación con los diversos actores sociales. Si esto no se logra en buenos términos, se convertirá en el justificante para que en futuras ocasiones se burlen las consultas populares, óptimas en las decisiones trascendentales. El tomar decisiones sin respaldo popular se transformará en la mejor evidencia del fracaso de las políticas públicas, pero con altos grados de ironía luego se justifica definiéndolo como ingobernabilidad. Desde esta caprichosa perspectiva las corporaciones privadas, las autoridades supranacionales y los regímenes antidemocráticos serían los mejores ejemplos de gobernabilidad.
Así las cosas la política se convierte cada vez más en un ejercicio de evasión, puesto que los políticos evitan o se cuidan de decir aquello que los votantes no quieren oír. Estrategia que ha ido ganando terreno hasta llevar a los campos más áridos de la ingobernabilidad, inclusive provocando que muchos organismos se vayan sustrayendo del control ciudadano, aún aquellos que son conformados por medio de elecciones populares.
Evitar la participación ciudadana en la definición de objetivos comunes, en aras de una supuesta velocidad para tomar decisiones, sí es ingobernabilidad. Como también lo es que las minorías pretendan imponer sus posiciones y evadir las responsabilidades sobre los fracasos que perpetran contra el Estado, pues concentran su energía en la consecución de un objetivo que es único. Da la impresión que la interpretación que algunos quieren dar a la gobernabilidad es sinónimo de autoritarismo. ¿Entonces por qué tanto interés de los ciudadanos por los referéndum, por expresarse?
Esta tentación por la evasión lleva a algunos gobiernos al centralismo, inclinándolos a la multiplicación de las autoridades ad hoc, con la intención de que no tengan respuesta ni responsabilidad ante el electorado. Lo que se complementa con el gran número de ciudadanos que abandonan la preocupación por la política, prefiriendo desentenderse del todo de los asuntos de la nación y dejarlos en manos de los miembros de la “clase política”, un grupo que entre ellos mismos intentan convencerse, ante la indolencia ciudadana.
Pensar que en la sociedad se pueden “despolitizar” los temas y problemas, es desconocer el sentido de la política; es algo que consideramos imposible los que entendemos a la política como el arte del acuerdo en medio de la discusión y a pesar de las divergencias. Pero los que así no piensan, buscan ser autárquicos en la toma de decisiones creyendo ser más eficaces, empero, el efecto provocado ha sido todo lo contrario: la ingobernabilidad. Hoy más que nunca tienen vigencia las palabras de William Penn —quien con sus ideas democráticas inspiró la Constitución estadounidense— que alguna vez afirmó: “Dejad pensar al pueblo que gobierna y se dejará gobernar”.